ASOMÁNDOSE A LA CALLE. DE LOS BENÉFICOS TALLERES DEDICADOS A LAS NIÑAS Y LOS NIÑOS EN TEPITO),
ASOMÁNDOSE A LA CALLE. DE LOS BENÉFICOS TALLERES DEDICADOS A LAS NIÑAS Y LOS NIÑOS EN TEPITO.
Narrar y fotografíar
NARRAR Y FOTOGRAFIAR
para Cuauhtémoc García Arteaga, por su gran amistad.
Si me es posible comunicar, la palabra escrita y la imagen fotográfica me son vitales para lograrlo. Por ello, y por el intimo placer (egoísta, tal vez) que me produce hacer fotografía y cuento literario, abro este blog que me permitirá comunicarme y compartir estas vocaciones con familiares, amigos y, quizás, con algunos desconocidos que por curiosidad o por descuido entren en él.
Mi tema, inevitable para mí, es la ciudad y, en lo personal, mi barrio entrañable, que me ha llevado a realizar largos viajar sin abandonar mi habitación y, con ello, rondar entre sus calles y su arquitectura desmoronada y desteñida, vislumbrar sus entrañas, adentrarme en sus noches y sus amaneceres, en sus días opacos, umbríos y, en ocasiones, radiantes, aunque, muchas veces, éstos otorgan pocas esperanzas para esos seres escondidos, parapetados tras algún estereotipo demasiado gastado por la nota roja y por el paso del tiempo.
Por ello, lo sé o, tal vez, lo intuyo: no existe el ser humano que en el trajín de la vida a la sepultura permanezca ausente, inicuo, sin dejar huella. Siendo así, por ironía y paradoja, la gran mayoría de los que habitan estos rumbos obnubilados, me parece, no son los perversos que dejarán su huella criminal en las sombras de las habitaciones y de las vecindades (como lo imaginan los que temen al barrio). Esa huella no la dejarán ellos. Sin embargo, los que, con anticipación, los rechazan, los sancionan y los condenan (a la vez que denigran los estereotipo que sus "buenas conciencias" recrean a cada momento), sí lo harán, como ya lo hacen, sin ningún remordimiento, los políticos, los oligarcas neoliberales, los líderes sindicales, etcétera...
Siguiendo el ritmo de la cumbia colombiana con amplios desplazamientos circulares, tomados de la mano izquierda, uno, dos, tres pasitos de puntitas, rápidos, ligeros y chiquitos, y el brinquito. ¡'Uta! ¡Cómo baila la chava! ¡Y el puto más! (esto expresado con admiración, sin menosprecio ni con el deseo de denigrar). Las parejas, los grupos de baile con sus coreografías sincronizadas, y el sonido estridente. El sudor humedeciendo los cuerpos en medio del ámbito cálido o, de plano, afiebrado, ya entrada la noche. No se diga más, en su apogeo, así se bailaba y así sonaban los sonideros en las calles de Tepito y la colonia Morelos; aunque años más adelante se irían a refugiar dentro de amplios salones de baile, o en campos deportivos, más allá del barrio de Tepito, en la colonia Guerrero, en el Peñón de los Baños, en Nezayork... hasta alcanzar las fronteras del país y rebasarlas...
Entre tanto, mucho antes de la diáspora de los sonideros de Tepito, diariamente, recién entrada la noche, bajo la pálida iluminación pública, grupos de jóvenes, hombres y mujeres, recorrían las calles averiguando dónde tocaría La Socia, quien ya había incrementado su fama en el vecindario haciendo sonar los acetatos de la Sonora Matancera, tan apreciada en el barrio, utilizando su pequeño tocadiscos Ramson y sus dos "trompetas" de 40 watts de salida. Ella fue la iniciadora de lo que sería el movimiento sonidero en Tepito...
¿Dónde tocaría El Sonido La Socia, de Guadalupe Reyes Salazar,El Sonido La Changa, de Rubén Rojo, El Sonido Pancho, de Francisco González Santamaría, El Sonido Casa Banca, de Pepe Miranda? ¿En Mineros, en Labradores, en Jardineros, en la cuarta de Panaderos, en Caridad, en Rivero, en la Casa Blanca, en Granada? ¿Dónde será el caché? ¿Quién toca? En un principio, La Socia ponía un pequeño pizarrón a las afueras de su domicilio, en la Casa Blanca, o la Beba, esposa de Roberto Pacheco, que sería compadre de Panchito, también colocaba un pizarrón en González Ortega 104, así que cualquiera que hubiera acudido a informarse a alguno de esos sitios, corría la voz y cuando la marabunta humana se acababa de enterar dónde sería el caché, ahí le caía, inundando la calle entera...
De esa ansia de baile o de algo parecido se contagió Panchito. Esa noche de domingo cálido se encontraba recargado en un costado del zaguán del que sería el mítico 27 de la calle de Pintores. Recién acababa de regresar a la casa paterna, era el año de 1968, luego de permanecer con unos tíos, en la Colonia Portales, específicamente en el pueblo de San Andrés Tetepilco, por largos años. El hermano de su progenitor, junto con su esposa, una vez solicitado a sus padres, habían recibido a su sobrino Francisco, de tres años de edad, como al hijo que jamas tuvieron. Pero ahora, de nuevo en la casa paterna, el adolescente, entrando a los 14 años, se reconciliaba con su lugar de origen. Parado ahí disfrutaba la noche apacible de Tepito. Escuchaba el parloteo de las radios lejanas, el ladrar de los perros y el tráfico lejano de Avenida del Trabajo (hoy Jarciería). En eso estaba cuando un primo paso por ahí y lo invitó a seguirlo.
-¿Adónde?, preguntó Panchito.
-Tú vente, culero, le contestó el primo.
Panchito se fue tras él, en dirección de Ferrocarril de Cintura. Luego agarraron hacia Panaderos. Cuando llegaron a la esquina atravesaron la calle para adentrase en las penumbras de la cuarta de Panaderos. Casi de inmediato alcanzaron a escuchar un murmullo de música de baile. Más allá, avanzando unos cuantos pasos apurados, bajo la pálida iluminación nocturna, el primo se detuvo justo enfrente de una vecindad medio derruida, mitad cuartos habitados en mal estado y mitad puro escombro (debido a ello la vecindad era conocida como el Arenal). El pasillo por donde entraron a la boca del lobo, era angosto y oscuro, largo y áspero como madriguera de rata; a pesar de la temperatura cálida, una corriente de aire frío lo recorría. No obstante, al adentrarse, sus oídos empezaron a distinguir con nitidez la magia de la Sonora Matancera. Al menos eso le pareció a Panchito, que se emocionó. Cuando llegaron al espacio donde se escuchaba plenamente la melodía, los dos pares de ojos se encontraron con puras lucesitas que se prendían y se apagaban. Eran cigarros y uno que otro churro de mota que se quemaba cuando su poseedor se lo llevaba a los labios y aspiraba, le jalaba duro para darse su toque chido. Esa era la escasa iluminación que había en el ambiente. Aunque la iluminación que se le quedó a Panchito en la memoria no fue esa, sino la que se desprendió, eternizándose en el recuerdo, de las "trompetas" que diseminaban la música de la Sonora Matancera, sus acordes, las percusiones, los metales, inundando todo el ambiente en penumbras. La música proveniente de la tornamesa Ramson de La Socia, fue una "iluminación" casi espiritual y uno de los mejores hallazgos, si no es que el mejor, que Panchito tuvo en su vida.
A partir de ahí, por las noches, Panchito no se separó de La Socia, la seguía a donde fuera. Incluso se lanzaba tras ella en aquellas raras ocasiones en que se iba a tocar a las calles de Sol o de Luna, en la colonia Guerrero. Se trepaba al Peravillo-Tlaxpana para llegar a la hora precisa. Durante esa temporada, casi sin darse cuenta, fue que obtuvo una ganancia extra: fue aprendiendo a bailar con el estilo que se empezaba a definir en la calle. Los bailarines de la Guerrero, según apreciación de Panchito, que querían apantallar a las chavas para ligárselas, se lucían improvisando sus florituras y sus pasos, las "coyoteaban", dice Panchito. Así estos jóvenes maestros del baile popular casi siempre alcanzaban su propósito. A la par, cuando éstos empezaron a bajar a Tepito, siguiendo a la Socia, generaron, entre la concurrencia local del caché tepiteño, el estilo que distinguió por aquellos años a los jóvenes maestros del baile en Tepito, el del brinquito que menciona la canción.
Por cierto, afirma Panchito, que el baile en la calle, entre la banda del barrio, era conocido como caché ("¿Dónde va a ser el caché?", se preguntaban entre ellos), no tibiritábara como lo denominaban despectivamente los jóvenes clasemedieros que de repente se aparecían en los cachés, en compañía de la gente de la Guerrero o de cualquier tepiteño. Esos mismos clasemedieros cuando vienen y hacen documentales o entrevistas sobre el chaché, lo siguen nombrando, equivocadamente, insiste Panchito con un matiz de enojo, tibiritábara. Nel, en el barrio no se le denomina así.
Cuando Panchito regresó al barrio, se encontró con que en el cuarto de vecindad donde habitaban sus progenitores, había una enorme consola Stromberg Carson que ocupaba toda una pared y casi medio cuarto a lo ancho. Ni un comedor cabía, pero eso sí, sus padres disfrutaban de la música de la Sonora Matancera y de la Sonora Dinamita, de día y de noches si era posible. Sin embargo -con Panchito en el cuarto debía hacerse espacio para él-, en pocos días, la gigantesca consola desapareció de la habitación. No obstante, sus padres no soportaron quedarse sin su Matancera, sin su Dinamita, sin tocadiscos, y al poco tiempo en la habitación apareció un equipo de sonido más pequeño: Ramson, como maleta con asa, con dos bocinas de 40 watts de salida, una en cada costado de la tornamesa, pero del que podían separarse y colgarse en las paredes. Así pues, con el regreso de la música a la habitación y el regusto por la música tropical que le había despertado el estilo del Sonido La Socia, ni dudarlo, Francisco González Santamaría reconfirmó que era de ahí, se reencontró con el barrio (del que en realidad no se había desligado nunca, pues cuando sus primos o su padres iban a la Portales a visitarlo a él y a sus tíos, siempre llevaban la fiesta en los acetatos de la Matancera, siempre la Matancera). Así pues, en lo personal, dadas las evidencias, no podría negarlo aunque quisiera, Panchito se acabó de convencer que sus padres le habían heredado, inoculado en la sangre el disfrute de ese tipo de música. Ellos eran buenos bailarines y buenos melómanos que disfrutaban de la música tropical a como diera lugar, como buenos tepiteños ("el barrio es sonero", afirma Panchito) . Incluso, su mamá, doña Francisca Santamaría, le contó alguna vez que de niña acostumbraba ir a pararse a la entrada de los salones de baile para escuchar la música que de ahí emanaba. No entraba porque por su edad no se lo permitían.
Así las cosas, sólo tuvo que llegar una vecina, amiga de su mamá, del 4 de Pintores, solicitando prestado el nuevo Ramson para la fiesta de quince años de una sobrina, para que Panchito se iniciara como sonidero, uno de los impulsores esenciales del nuevo modo de disfrutar la música tropical y el baile en las calles de Tepito. Nomás tuvo que encontrar respuesta a algunos peros: primero le argumentó a su mamá que no contaban más que con cinco discos, ya muy "rasguñados", con estos no acabalaban una hora de las seis posibles. ¡'Uta! Su jefa le sugirió que fueran con los vecinos a pedir prestados algunos discos. Los consiguieron de inmediato al ofrecer a cambio invitaciones para el baile del 4 de Pintores. Otro pero: no tenía experiencia en la selección de las piezas bailables. Pues andando se hace el camino, le dijo la seño Francisca (aunque Panchito llevaba los discos de la Matancera cuando en la secundaria se celebraba el fin del año escolar. Era el tiempo en que dominaba el rock entre la juventud. No bailaban su compañeros pero los profesores sí.) El último pero se desvaneció cuando él mismo terminó de convencer de que sí podía hacerla y gacho.
La celebración de quince años fue un éxito musical. Tanto así que de entre algunos de los gays que asistieron a la fiesta, dos de ellos, uno conocido como la Sirena y otro como la Fernanda, a los pocos días fueron a buscarlo a Pintores 27 para contratarlo. Querían que tocara los lunes, ahí mismo, en la calle. El único inconveniente que previó Panchito fue el de la corriente eléctrica para poner a funcionar el equipo de sonido. La Sirena se movilizó y encontró quién se la diera en el 4 de Pintores.
Así se hizo el primer baile callejero del que más adelante sería conocido como Sonido Pancho (a quienes después le preguntaban a Panchito que cómo se podían comunicar con él y cómo se llamaba el sonido, él les contestaba Sonido Pancho de Tepito y en cualquier papel les escribía el nombre y el número telefónico por medio del cual se podían comunicar con él; en esas fechas no pensaba en tener tarjetas de presentación, es más ni siquiera había imaginado hacer negocio con el pequeño Ramson de sus padres). La Socia por aquellos tiempos tocaba todos los días, Panchito sólo lo haría los lunes. Nunca hubo pedo por ello. Así fue como las cosas se encaminaron hacia la consolidación del Sonido Pancho de Tepito y del surgimiento, más adelante, de la Esquina del Movimiento, como bautizaría Pänchito a la esquina que se formaba entre Mineros y Pintores, muy cerca del domicilio de sus padres, donde armaría sus cachés sabatinos.
Como es sabido, nada es fácil. Porque ahora el problema sería conseguir material discográfico. Si Rubén Rojo, La Changa, como parte del equipo de la Socia, era quien le conseguía el surtido musical de la Matancera a su jefa (en Tepito, el patrón para el que trabajaba Rubén adquiría por kilo los acetatos que venían del extranjero; Rubén los escogía y los compraba al menudeo y posteriormente se los revendía a la Socia). Panchito, en cambio, no contaba con nadie que le hiciera ese trabajo. Aunque a la misma Socia llegó a comprarle material que ella desechaba, eso no le bastaba. Tuvo que ponerse a buscar durante días enteros en las tiendas de discos del rumbo y más allá. Por suerte, en una de esas entró al Mercado de Discos que estaba en San Juan de Letrán, casi esquina con 16 de Septiembre. Ansioso, se puso a buscar en los anaqueles. Nada. Hasta que una de las empleadas que lo vio no encontrar, le preguntó qué era lo que buscaba. La Sonora Matancera, le contestó Panchito, desanimado. La empleada lo encaminó para que subiera una escalera que estaba justo en mitad del local. Tocó a la puerta que encontró cuando terminó de recorrer los escalones ascendentes. En respuesta a su requerimiento, la empleada que lo atendió lo puso enfrente de unos anaqueles que contenían ¡toda la discografía de la Sonora Matancera! ¡'Uta madre! Ahora el problema para Panchito era contar con el dinero suficiente para adquirir todo ese material. De la marca Cico costaban cuarenta pesos cada uno, y de la marca Tropical setenta pesos. Por fortuna, con el tiempo el Sonido Pacho de Tepito le dio para eso y más...
Incluso, para recuperar toda la colección discográfica que perdió cuando le cayeron, dos veces, una en Peluqueros y otra en Labradores, las razias que por las noches recorrían el barrio. En cada una de ellas perdió toda su colección de discos, entre los que se encontraban tesoros autografiados por, entre otros, Celio González y Celia Cruz. El de ella lo había conseguido cuando recién había regresado al barrio. En aquella ocasión, con toda su ilusión de adolescente, se lanzó al Salón Maxims, aquel que tenía gradas y no tenía pista de baile como posteriormente la tuvo. ¿Cómo hizo para entrar? Quién sabe, pero entró. Llevaba sus discos bien amachinados. No obstante, el público asistente le preguntaba por su precio, creyendo que los vendía. Él se negó a hacerlo una y otra vez. Los llevaba para que se los autografiara Celia Cruz, alegaba. Era la primera vez que venía y era la primera vez que la acompañaba el Conjunto África. Finalmente, Panchito recibió los autógrafos y, además, sorprendido, la invitación de Pedro Knight, esposo de Celia Cruz, para que permaneciera sentado a su lado durante todo el show. Inolvidable, pasó toda una velada al lado de Celia y de su esposo.
Sin embargo, esos discos autografiados se quedaron en el recuerdo, pues sin miramientos, todos los acetatos se los cargaron en la panel, en la "perrera", para llevarlos a la delegación política Cuauhtémoc, en La Plaza del Estudiante, ubicada entre Florida y Aztecas, en el mismo barrio de Tepito. La acusación: alterar la paz social. Allí, en esas dos ocasiones, le requisaron toda su discografía, que valía una buen feria. No hubo forma de que se la devolvieran. No contaron ruegos ni ofrecimientos de efectivo. Hijos de su rechingada, debió haber pensado Panchito. Resignado, en esas dos ocasiones, para que no le cargaran la mano en la delegación, debió dar por perdidos sus apreciados discos. Por cierto, en un principio los había guardado en una un caja grande de las que se utilizan para empacar huevos. Posteriormente, debido al incremento de su colección, debió mandar hacer una caja de madera, de un metro de ancho por un metro de alto, más o menos, a la medida para tenerlos bien protegidos y odenados. Eso da una idea de la cantidad de acetatos que perdió Panchito en dos ocasiones.
Cuando se retiró La Socia (oficialmente se dice que porque se casó, aunque la leyenda urbana, barrial, dice que un cabrón pesadote de la Cuarta de Panaderos le destruyó toda su colección de discos y su equipo de sonido porque no quiso ir a tocar a su cubil. De pasada la amenazó diciéndole que nunca más le iba a permitir tocar), La Changa, Rubén Rojo, tomó su lugar. Él por un tiempo, cosa de un año, siguió tocando en Tepito (seguido tocaba en el patio de un edificio de Díaz de León), después se fue por otros lados de la ciudad. Entretanto, Panchito continuó tocando en el barrio, no se movió de ahí. Tenía un público constante de entre quinientas y seiscientas gentes por noche, que por cooperacha, de a peso, cincuenta o veinte centavos por cabeza, reunía una suma respetable (así lo instituyó La Socia, más bien el que sería su esposo, Rogelio González, El Fugas, quien se acercaba a los concurrentes al caché, a uno por uno, tomándolos de la tetilla, apretándola con los dedos índice y pulgar de una de sus manos, en la otra traía el bote donde se depositaba la moneda, decía: "presta pa'l baile". Nadie se negaba a depositar su moneda, no sólo por el dolor que sentía sino por el gusto por el caché).
Por ese tiempo había otros sonidos, como El Gloria Matancera del Bubu o el Puerco, Jorge Herrera, de la segunda o tercera de Panaderos, pero el que partía el queso era el Sonido Pancho de Tepito, afirma Francisco González. Por su lado, en el Peñón de los Baños, estaban los Perea, los hermanos Pablo y Manuel, que tenían un sonido para fiestas de salón. Pero cuando se dieron cuenta de lo que se hacía en Tepito, ellos de igual manera, lo hicieron en las calles de su barrio. Incluso, los Perea también llegaron a importar música. Cuando tenía salsa se la mandaban a Panchito, porque ellos no tocaba salsa. Ellos se quedaban con las cumbias. Hasta eso, comenta Panchito, había una ética, un respeto mutuo que se resume en esta anécdota: un día se le acercó a Panchito una amistad que le dijo que había ido a un baile de los Perea y que les había pedido una salsa. Los gachos, se quejó, le contestaron que se fuera a Tepito. Por su parte, Panchito hacía los mismo: a quien le pedía una cumbia lo mandaba al Peñón de los Baños. Y todos conformes. Los Perea tocaban cumbias y Panchito salsa además de la Sonora Matancera. Los Perea no bajaban a Tepito y Panchito no se paraba por el Peñón de los Baños.
Otro sonido influyente fue el Sonido Casa Blanca de Pepe Miranda. Este señor vino a revolucionar el movimiento sonidero. Tanto así que en alguna ocasión se llevó a Centroamérica y parte de Sudámerica a Ramón Rojo, La Changa (Panchito no recuerda si también se llevó al Rolas, Roberto Herrera, de San Juan de Aragón) para comprar música en su lugar de origen. Por esa razón se distinguió Pepe Miranda, porque tocaba música original de orquestas que no se habían oído nunca por estas calles y vecindades del barrio. Panchito por su parte se fue a Venezuela, a Panamá, a Colombia. Con ello, los sonideros tepiteños lograron su independencia total y la vanguardia del momento, musicalmente hablando. Los distinguió el no tocar la música comercial, la que imponían las estaciones de radio, sino pura música original. En ese entonces, antes que cualquier medio electrónico, los sonideros pusieron de moda lo que importaban de otros países. La salsa neoyorquina que empezó a tocar el Sonido Pancho, se dio a conocer desde las nocturnas calles del barrio de Tepito: Ray Barreto, Willy Colon, Richie Ray, Johny Pacheco, Rubén Blades, etcétera, etcétera, primero se escucharon y se bailaron de a brinquito en el barrio de Tepito...
Fue un apogeo maravilloso, chingón. Panchito dejo de tocar en fiestas familiares donde cobraba seis, ocho, hasta 16 peso por hora, para dedicarse a tocar diario, por las noche, en el barrio de Tepito, para quinientos, seiscientos, setecientos, que formaban parejas o grupos de baile. Se estableció y se acabó de instituir, el característico parloteo y las decenas de dedicatorias del "locutor" del sonio al mismo tiempo que se escuchaban la pieza musical. Y Panchito, cada año, se dio el lujo de invitar a celebrar sus aniversarios a otros sonidos, como el Fascinación y el Arcoíris, de don Pablo... Hasta que llegaron los sismos de septiembre de 1985. Las calles del barrio fueron invadidas por campamentos de damnificados. No se pudo tocar más en la original Esquina del Movimiento. Panchito la debió cambiar a la esquina que formaban la Avenida del Trabajo y Pintores. Ahí todavía llegó a darse a conocer el sonido Cóndor, porque en Tlatelolco, de donde era originario, no la había podido hacer.
Panchito, Francisco González Santamaría, dejó de dedicarse al Sonido Pancho entre los años de 1986 y 1987. Sus hermanos, siete en total, se quedaron con el equipo y los discos (en ocasiones anteriores se lo habían pedido para ir a tocar y él nuca se los regateó). Y aunque, años después, en ocasiones, sus hijos le insistieron que regresara a manejar el Sonido Pancho, él se negó. El Sonido Pancho ya le pertenecía a sus hermanos, argumentó, y aunque sabía que podía reclamarlo, no lo hizo para evitar dificultades con sus carnales. Con esa determinación, Panchito se dedicó, como lo hacían sus padres, a ir por mercancía a El Paso, Texas, para traerla y venderla en su propio negocio.
No obstante, nada quedó en el olvido. Desde siempre, por las noches, noctámbulo él, se ha permitido algo de nostalgia para ponerse a escuchar su melodías favoritas, aquellas que le recuerdan sus años de gloria sonidera en Tepito, cuando usaba dos "tropetas" para que se escuchara la música en las calles, no el ruido estridente que ahora produce la acumulación de bafles de 700 o mil watts de salida, los tuiters, los rebotadores, los ecualizadores, la tecnología de los sonideros "actualizados" y "modernos" que tocan en lugares cerrados...
¡EN ESTA ESQUINA, EL ULTIMO BOXEADOR FAMOSO DEL BARRIO BRAVO!
Octavio Gómez, 2011.
Octubre del año 2004
I
El Famoso entrañable del Barrio de Tepito
y las cicatrices que le dejó su profesión, nacieron en el barrio que de por sí tiene una tradición de peleadores bravos (entre otros, Rodolfo Martínez, el Halimi Gutiérrez, José Medel El Huitlacoche, Raúl El Ratón Macías, Luis Kid Azteca Villanueva Páramo).
Octavio Gómez nació el 30 de marzo de 1944 y fue enterándose de su existencia precoz durante los días, los meses, los años, en que la prostitución rampante, en su ir y venir, recorría las calles de Toltecas y Rivero.
Las putas rondaban desde el mediodía, bajo la resolana inclemente, siguiendo el trazo de las paredes encaladas, de ladrillo de adobe, entre moscas, envueltas por los olores de la caballeriza y el establo cercanos. Las mujeres de rasgos provincianos transcurrían frente a los talleres de reparación o de acabado de calzado, caminaban entre las mesas y herramientas de los otros oficios que se ejercían sobre la baqueta o afuera, y dentro, de los zaguanes salitrosos y desamparados, o se mezclaban con la gente que, sin descanso, entraba y salía de las vecindades agotadas cuyos techos eran sostenidos por vigas carcomidas por polillas; o, esas mujeronas, robustas o delgadas, morenas casi todas, se recargaban a un costado del caramelo de las peluquerías y platicaban con los clientes a los que, dentro, les recortaban el pelo o esperaban su turno. Entretanto, el “chicharo”, joven aprendiz de peluquero, barría el piso del establecimiento. Más allá estaban, a la orilla del terroso arroyo público, las tiendas, los estanquillos, las fondas de comida corrida, los puestos de verduras o de vísceras, o de carne de caballo, armados con madera y láminas; las recauderías, los marchantes, los cargadores, los delincuentes, los ayateros, los vecinos y los padrotes que entre trago y trago de cerveza, o rasgando la guitarra y entonando cantos desafinados, vigilaban a sus mujeres sentados enfrente del lupanar simulado que se hallaba en la esquina suroriental de las calles de Rivero y Toltecas. Dentro de aquel predio sólo unas cortinas de tela desgastada y mugrosa separaban los catres donde las mujeres brindaban sus servicios a sus clientecitos. (El Famoso, dice, con la picardía recobrada de aquellos recuerdos, rimando: “el colmo de un padrote infiel, era tener hijos que no eran de él.”)
La mano derecha.
Con aquellas mujeres, el púber Famoso tuvo sus primeras experiencias sexuales. Primero de mirón desde las azoteas, a través de las láminas de los techos. Después como mandadero. Luego, por unas cuantas monedas, las mujeres permitieron que el chamaco les levantara la falda y las tentaleara. Hasta que una noche, anhelante, termino por irse tras una de ellas.
Franqueó el umbral del lupanar. Avanzó unos cuantos pasos tras ella. Hizo a un lado la cortinilla y se detuvo frente a un catre desvencijado. La mujer se había recostado, ofrecida, abierta, delante de él. Lo que siguió, aconteció en un santiamén, en un abrir y cerrar los botones de su pantalón.
Por aquellos tiempos ya era un cabroncito que no le daba la vuelta a las broncas callejeras. Fue famoso por eso, y porque su padre, don Octavio Gómez Morán, pintor de letreros en la calle de Peralvillo, le había puesto desde chiquito el apodo del Famoso (tal vez porque creía adivinar, ilusiones de progenitor amoroso, que el destino de su hijo lo llevaría a la fama y al reconocimiento en alguna profesión). La neta, por eso terminó siendo el Famoso, por los pleitos que a mano limpia, en la calle o en la vecindad, casi diario protagonizaba, y en los que siempre salía vencedor. Esos fueron los pleitos que lo hicieron famoso en el barrio. Si alguien quería rifarse una bronca, así nomás porque sí, se topaba con el Famoso, que flaco y todo les daba en la madre, al revés y al derecho. Luego le vino lo de ser reconocido como Octavio Famoso Gómez a nivel nacional, por sus pleitos sobre la lona del ring amateur y profesional.
Porque, más adelante, para completarla, reunida toda su admiración hacia Raúl Ratón Macías, se halló frente a un gimnasio donde entrenaban algunos boxeadores. A la mañana siguiente regresó para ya no dejar de golpear la pera ni el costal, ni al oponente sobre el encordado, sino hasta después de 24 aguerridos años. Hizo poco más de 130 peleas de boxeador amateur, asistió a los panamericanos de Panamá, ganó los Guantes de Oro en su categoría y estuvo a punto de ir a la olimpiada de Tokio. Nomás que, poco antes de subir al avión, una decisión de los federativos lo eliminó de la delegación olímpica. Por ello, mejor decidió encaminarse por el rumbo del boxeo profesional, donde ya no le importaría llevar la cuenta del número de sus peleas, ni de cuántas ganó o cuántas perdió.
No se sintió extraño sobre los encordados profesionales. Por algo, desde siempre, había idolatrado a los boxeadores del barrio. Primero fue, como ya se dijo, el Ratón Macías, a quien iba a contemplar al frontón de Las Águilas, en Avenida del Trabajo esquina con la calle Labradores. Luego de la admiración por el Ratón Macías, por sobre todos, idolatró a José Medel, El Huitlacoche, a quien veía en las calles del barrio y no ocultaba la sublimación que sentía por él.
Así pues, encaminado hacia el profesionalismo, logró ingresar al establo del Negro Pérez, manager de abolengo. Para empezar lo puso de sparing de Vicente Saldívar, campeón mundial, quien no tenía consideración para el desconocido Famoso y lo golpeaba como si estuviera en combate contra un gallón, por el campeonato y con muchos billetes verdes de por medio.
Al Famoso no le importaron demasiado las madrizas que le propinaba Vicente; o, neta, sí, pero se aguantó porque bien que sabía a lo que aspiraba.
Pasado ese aprendizaje amargo, ya enfilado en el boxeo, llegó lo chido: viajó a los Estados Unidos, a París, a Inglaterra, a Japón; peleó con negros y orientales, con su compadre Rubén Olivares y con el Alacrán Ramírez, con Rodolfo Martínez, otro tepiteño chingón… Y, además, en su apogeo de popularidad, en compañía de alguno de esos boxeadores, hizo cine, teatro de revista y de cabaret. Aunque con ello incrmentó el riesgo del alcoholismo y de alguno que otro vicio más. En esos desmadres fiesteros siempre lo acompañaron un chingo de amigos, presentes en las buenas, pero ausentes en las malas.
El Famoso Gómez.
Así fue como se le desgastó el tiempo, hasta que, de repente, si decir agua va, viéndose a sí mismo, traqueteado, se encontró en medio de la soledad más perra y alejado del barrio, lamentando el no haber sido campeón mundial de boxeo –por supuesto, lo bailado nadie se lo podía quitar; pues había viajado y conocido el museo de Louvre, la Gioconda, la casa del Greco, sus grabados, las corridas de toros en España, la paella española, entre muchos placeres más.
Sin embargo, sin el boxeo, su recurso natural de sobrevivencia en la vida, se encontró abriendo los ojos a una existencia, no tan ajena, nuevamente desalentadora. Ahí se encontró con la novedad aborrecida de que uno de sus hijos estaba hundido, “hasta las manitas”, en el consumo incontrolable de la droga.
Eso le valió, reaccionó como padre acorralado. Metió a ese hijo entre las cuerdas del ring, lo puso a entrenar como desenfrenado, lo preparó, lo encaminó, fue su manager. Hizo excelentes combates. Parecía enfilarse al campeonato mundial de su peso. Pero recayó, el vicio lo desmadró. Se retiró para recuperarse. Y cuando quiso regresar, los años se le habían echado encima. Aun así, padre e hijo regresaron al gimnasio. Un promotor cubano les habló desde Miami, Florida. Se los llevó. La televisión por cable pagaba más, les dijo al llegar. De la noche a la mañana se armaba la arena en el estacionamiento de un hotel. El promotor se encargaba de todo. Pero eso sí, que necesitaba un peleador para peso gallo… que necesitaba un peleador para peso pluma… No importaba, ahí estaba el Famosito dando el peso a como diera lugar. Ganó y perdió y ya no pudo más. El año pasado, aquí en la ciudad de México, hizo una pelea en un bar. Perdió ante la mirada impotente de su padre… Quien hoy se encuentra preocupado, obsesionado. Los años, la fama, los buenos ingresos económicos, se le han escurrido como líquido entre los dedos de sus puños maltratados. Con siete hijos, dieciséis nietos, su mujer, y sin la fama efímera que le dejaran sus apariciones sobre los encordados y, de pasada, en la pantalla grande, hoy solamente rememora recuerdos de aquellos tiempos.
Si un pendejo, masculla el Famoso, llega a la vejez sin nada (este año él cumple 60 de existencia), la familia lo arrincona; pero si ese mismo pendejo tiene billetes en el bolsillo, lo cuidan, lo arropan sus familiares.
Así que, en la actualidad, empujado por esa sentencia que se cree a pie juntillas, Octavio Famoso Gómez, irrazonable o razonablemente, en busca de encontrar una solución a sus preocupaciones, acude a la lectura. Sin más, todas las mañanas lee a Federico Nitche, Zaratustra. Tal vez, se dice, en el nihilismo devastador del filósofo alemán encuentre una alternativa. Porque, aduce, quizás en los caminos más inesperados se encuentra una solución a los pedos que lo traen a uno pendejo.
Por ello, por si acaso o por si no, en medio del transcurrir de sus apuraciones y preocupaciones, el Famoso también ha ido escribiendo un libro de pequeñas narraciones inspiradas en las múltiples anécdotas que vivió durante su carrera pugilística. A la vez busca a quien le haga la corrección de estilo a sus textos. Quiere hacer negocio con su libro.
Asimismo, en compañía de su pareja de actuación, Salvador, más conocido como el Cócoro, se pone a ensayar. Tal vez, sin confesárselo, considera que todavía tiene chace de regresar a la farándula y ganar unos pesos. Por ello, siempre que tiene oportunidad, en las casas de cultura y en los centros sociales del barrio, presentan sketches, escritos por él mismo, frente a un público de alcohólicos anónimos (sus temas moralistas son para ellos invariablemente). Porque, sin poder alejarlo de su pensamiento, sin poder detener el paso de los días fugaces, no deja de elucubrar, preocupado, lo que podría acaecerle en el futuro que se le está viniendo encima.
Entretanto, bien le sirve contar con la entrada económica que le da el entrenar, en el gimnasio empobrecido del barrio –precisamente enfrente del frontón de Las Águilas, donde contempló en persona a su primer ídolo del boxeo, Raúl Ratón Macías-, a los jóvenes que anhelan ser boxeadores profesionales reconocidos, como lo fue, alguna vez, Octavio Famoso Gómez.
CONVERSACIÓN.
El Famoso, 2011.
II
El Tepito entrañable del Famoso Gómez
Había leído uno de sus cuentos y me interesaba platicar con su autor. Por ello, en el año 2004, me encontré con el Famoso, en el gimnasio de Las Águilas, en el Barrio de Tepito, lugar en donde, luego de las primeras de cambio, sin miramientos y con cierto resentimiento, argumentó que estaba cansado de trabajar con administradores que no sabían nada de boxeo:
“…Pero ya, yo ya no quiero estar aquí. Prefiero irme a donde haga cosas. De lo que te dije hace rato. ¿No? Mis eskechitos y escribir y hacer todo eso. Eso lo prefiero a lo que estoy haciendo aquí. Por que el box lo puedo seguir haciendo, no allá, aquí mismo. Puedo venir y ser un entrenador gratuito. O en otro lado, o en mi casa, me hago un pinche gimnasio. Es fácil, yo sé cómo. Yo sí puedo hacer un gimnasio, fácil. Tengo espacio y tengo todo. ¿Me entiendes? Si me diera por el box, por enseñar, no creo, ¿no? Pero ya, yo creo que voy a estar más liberado...”
El recto y hacer bending.
Después de un rato, cuando dejó de lamentarse de sus penurias en el gimnasio de boxeo, agarrando vuelo, se adentró en sí mismo, en el transcurrir de su vida en el Tepito de sus entrañas y sus afectos, en los personajes involucrados en su infancia y su juventud, en su vida de cábula y madreador…
“Nos fuimos, este, mi jefe siempre andaba pa’llá y pa’ca, para Peralvillo. Entons cuando ya estaba yo grande, tenía como diez once años, nos cambiamos aquí, a Rivero. Dice volvemos a Tepito, vieja, que la chingada. Órale. Entons yo ya sabía quién era el Ratón Macías, y a mÍ, pus, me fascinaba, ¿no? Yo sabía que él era de aquí de Tepito. Entons, en cuanto estaban descargando todos los muebles de la pinche camioneta esa que nos trajo, para entrar a la vecindá, en Rivero número 57, entre Jesús Carranza y Tenochtitlán, yo pregunté, oiga, ¿dónde veo al Ratón Macías? Dice, ah, está en el frontón. Mira te vas por aquí y por acá, esto y lo’tro. Entonces yo ya me desprendí y me vine y lo veo ahí, jugando frontón. Inconfundible, ¿no? Pus yo lo conocía de los periódicos, de las peleas y todo. Y entonces, este, lo comencé a… No pus él… Él brillaba, tenía un áurea que yo se la veía. Sobre todo. Los demás no. No había nadie más que él. Ahí. Y fue una impresión fabulosa. Yo un… un… Nunca imaginé que un día iba yo a venir a trabajar aquí, a esta madre, donde conocí al Ratón Macías. Y de ahí, pues, ya, un ídolo. Pero pasaron los años y yo ya me hice peleador y todo. Y verifiqué su carrera y… y se me acabó la… este, emoción de… de la admiración por él, ¿no? No era precisamente… No era envidia ni nada. Por que entre nosotros no, no hay envidia, siempre reconoce uno la calidad de la melcocha, ¿no? Aquí, en el box, de uno con otro. Por ejemplo, Rubén Olivares, no ha habido un boxeador como él, aquí en México. Tan fino, tan fuerte, tan neto… Pero aquí, en Tepito, por ejemplo, después José Medel. No pues fue una… una… este, una tradición. Él hizo una tradición como persona, con su… su… su físico, su figura, su… Todo lo que uno veía en el ring, en su trabajo de… de peleas que le costó tanto, tanto trabajo, llegar… Después de unas madrizas, de todo. Pero, pero ya, ya… Cuando él estaba hecho como José Medel. Verlo caminar en la calle, aquí, parecía como un monumento viviente. Era algo... Algo fabuloso ese cabrón. Tenía una… una áura diferente. Muy… muy buena gente. Él era muy… Era un pedazo de Tepito que podía caminar y andar por todos lados. Como una luz que andaba por todos lados. Porque así, así era. Porque inspiraba… A los que lo veíamos cuando éramos chavos, queríamos ser como él, ¿no? Eso era. Eso era, una grandeza para el barrio. Gente como esa. Cuando se van acabando esos cabrones parece que el espíritu de Tepito se va… este… se va haciendo… como que se va borrando, cabrón. Porque nos hace falta uno de esos ahora. En cualquier… de cualquier… de cualquier manifestación, de cualquier deporte, o arte, o… En cualquier medio. Pero alguien así, ¿no? Que antes estuvo el Ratón, antes estuvo el Chavo de la Torre. Estuvo, este, ¿cómo se llama?, el compañero éste que era zurdo. Ya está viejito. Bueno, ‘orita se me escapa su nombre. Y él y Medel, que era una cosa… El famoso Huitlacoche… Sí, fuimos muy amigos, muy amigos, bastante… No, es que eso era, todo lo que te acabo de describir, eso era aquí en Tepito. Yo así, así lo veía, cuando… Desde antes que fuera mi amigo. Yo lo veía, cuando… así, empezaba a pelear. Él ya era campeón de México. Y así se me hacia. Y yo les preguntaba a los otros chavos. Y igual. O sea, decían lo mismo que yo. O sea, estaban de acuerdo conmigo. Yo les decía que… qué grande, ¿verdá?, ¿qué…? No sabía, este, discernir o… ponerle un adjetivo para calificarlo como… como un espíritu del barrio, ¿no? Viviente, un espíritu encarnado, ¿no? Altamente positivo. No sabía cómo discernirlo, pero… pero yo le preguntaba a los chavos: ‘¿Cómo lo ves?’ ‘Mira, ahí está Medel.’ ‘Ay, mano, lo agarré y me saludó, que la chingada.’ ‘Salúdalo.’ ’Sí, sí, yo también.’ ‘¿Verdad que… que es chingón?’ ‘Sí, a toda madre.’ ‘¿A poco no quieres ser como él?’ ‘Sí, cómo no.’ ‘Pus vamos al gimnasio, que la chingada.’ O sea, y yo no era nomás, no. Todos, muchos, todos los niños de nuestra época que lo conocimos cuando éramos chavos. Al Ratón igual, a gente así. O sea, eso… eso… no se me olvida. Porque yo soy de aquí. Y así, por donde caminaba, él iba derramando algo. Como dice la canción, ¿no? La Flor de la Canela, ¿no? Ja, ja, ja. Es el pinche Huitlacoche de Tepito, ¿no? Eh, en… en los pinches empedrados, en la vecindá, en… bailando, en su casa, con su mamá, con su papá. Yo me acuerdo cuando iba ahí, su… su papá tenía un puesto ahí en el mercado. De ahí es mi esposa. Ahí en el mercado de ahí de Tepito. Su mamá tenía un puesto también. Ella ‘orita está vendiendo calaveras ahí. Mi señora, con mis hijos y todo; mis nietos y la chingada, ahí. Sí, yo soy, somos de aquí, del… Fieles, trabajadores y la chingada. O sea que las pláticas que llegamos a tener… Un día fuimos a pelear a… ¿a dónde?... a Guadalajara. Entonces el, este, yo iba a pelear con el hermano del Alacrán Torres. ‘Tonses subí a pelear y ahí tenían una televisión en el camerino donde estábamos, ahí. Y entonces, este, yo subí en una de las preliminares. Aunque eran puras peleas estrellas. Y Medel iba a pelear. Y el Alacrán iba en la estrella porque iba a defender su campeonato mundial de peso mosca, que le había ganado a aquel con quien dio una pelea tremenda en El Toreo. Entonces, este, yo le gané a su hermano. Bueno, le puse una chinga a su hermano del Alacrán, pero dieron decisión. Y entonces cuando entré, él me dijo, este, dice, pinche Famoso, dice, que… que… cómo has aprendido. No, dice, qué madriza. Qué bonito boxeas, te felicito, cabrón. Digo, pus ora vas tú, cabrón. Adelante, órale. Ya subió a pelear. Ahí lo vimos. Le puso un piche paseo a un… a un… pinche japonés. Le puso una madriza. Ya cuando llegó ahí estaba… quitándole… bueno… este, ahí arreglándose y la chingada, cuando llegó el japonés, que todavía venía sangrando de la pinche ceja que le había cortado. Y entonces con un intérprete le dijo que le tomara una foto ahí junto a él, que lo abrasara y lo besó. Y le dijo que para él era un gran honor haber peleado con una figura como él; que en su tierra, ahí en Japón, no había, no se había parado un boxeador tan fino y la chingada. Y un traductor le dijo. Y estaba llorando de la felicidad que tenía de haber peleado con él. Todo madreado, ¿no? O sea que… Ya de ahí nos fuimos a su casa del Alacrán que no invitó a una tocada allá. Ahí andaba el pinche Alacrancito, todo madreado, con un ojo ya cerrado. Y ahí todos convivimos y a todo dar. Yo andaba bailando ahí con una hermana de ellos y… y como si nada, ¿no? No, no pasó nada. Todo a toda madre. El Alacrán me había ganado a mí. O sea, Medel ya le había ganado al Alacrán o se aventaron una pelea ya. O sea, una camaradería… Algo, algo fabuloso, ¿no? Y Medel era el estrella de la fiesta, ¿no? Él, él, él era, era. Porque ya tenía historia. Él tenía, era veterano, ¿no? Y con todo su sencillez y todo. No, era un cuate muy sensible, muy acá, muy a toda madre, ¿no? Y luego fue… este, se fue acabando. Porque resulta que a él, las autoridades de aquellas épocas lo admiraban mucho. Entons le dieron trabajos en el gobierno. Él tenía dos o tres trabajos que cobrar en el gobierno. Cuando entraron otros nuevos, otras nuevas, este, administraciones y todo eso, le quitaron una, un sueldo. Y se comenzó a angustiar. Luego le quitaron otro, peor. Y de la pinche angustia se enfermó. Le dio cáncer en la próstata. Y hasta que se murió. Todavía anduvimos allá jalando con un… un cuate que iba a ser, este, delegado político en Azcapotzalco. Nosotros anduvimos en su campaña. Medel, yo, este, una flota. Y yo sabía que estaba enfermo. ¿Qué pasó, pinche compadre, cómo estás? Nos decíamos compadres porque íbamos a ser compadres. ¿Cómo estás, cabrón? Que no, bien, bien. Él nunca se quejó, nunca, siempre bien, bien, bien, que… Pero ya estaba malo, ya lo habían operado. Luego estuvo enfermo… este… este… ¿cómo se llama?… Silvestre Mercado, que él era una gran amigo de nosotros, de todos, ¿no?, acá. Namás que como le dio la dibetis, comenzó a enfermarse del sistema nervioso. Entons le digo, vamos a ver a… a… que estaba en el hospital. Le digo a Medel, vamos a ver a Silvestre, ¿no compadre? Dice, no compadre, ni vayas, dice, nomás te ve y te mienta la madre y te dice un chingo de cosas. Le digo, no, pero si está enfermo. Tú no sabes lo que es la diabetis, cabrón. Trastorna los nervios… Vamos a verlo, siquiera que vea que… que… Porque él nos dirá todo eso, pero en el momento que ya está, se tranquiliza, nos agradece que… que sabe que tenemos… No se siente solo, cabrón. Le digo ese es otro pedo. Él así será pero por la enfermedad. Pero en su lado sano, él nos quiere y nosotros le hacemos un bien con ir a verlo, cabrón. Y, este, no, no. Ya no quiso, no quiso ir. No quiso ir él, por eso. Pero es que él también ya estaba enfermo. Ya, lo que pasa es que ya no lo quiso ver enfermo, para no… para no… bajarse, afectarse más él. Yo sí fui, lo… lo vi a él. ¿Qué pasó, pinche compadre? ¿Qué pasó pinche culero? Que no vienen, que la chingada. Ya, ya sé, ya qué, nos comenzó a decir de cosas, ¿no? Y ya, nomás. Estamos escuchando. Pus venimos, ya mano, a que estés contento, güey. Que te acuerdes. Te traigo un pinche cuento nuevo. No, chinga tu madre. Estaba enojado. Hay ves, de eso es la pinche diabetis, trastorna el sistema nervioso y pus ya. ¿Qué… qué esperamos, no? Pus si no comprendemos, pus no. Él sí nos apreciaba y nos quería un chingo también. Pero pus no lo podía demostrar. No lo dejaba su sistema nervioso, ¿no? Y se cumplió. Pero, este, no, ese Medel fue algo, algo fabuloso, eh, la verdá. Y con él murió el último grande de aquí de Tepito. El último que… El último que alumbraba, aunque estuviera oscuro, el barrio. Y ya, a pesar de que ya… chingamadral de gente ya no es del barrio. Viene de otros lados. Es más, el barrio ya son puras bodegas. Eso, no sé en qué va acabar. Pero de que va a subsistir, porque Tepito es como… es como el Ave Fenix, revive de sus cenizas, vas a ver. Y más ahora. Se está acabando, se está acabando, eh, se está acabando, la… la… la realidá es… bueno, está cambiando. Es otra, es otra ya. Y ya, pus no estoy integrado en el Tepito actual. Realmente no… no… no me late, vamos. No me late porque no se puede hacer nada. O sea, los únicos que pueden hacer algo son las autoridades, pa’ pronto, ¿no? Las autoridades que por lo pronto vengan a echar a… a… todos los pinches coreanos de aquí. Que salgan todos, que los… que los… que les hagan una investigación a cada uno, para ver por qué están aquí, ¿sí? Y órale, vámonos. Saliendo ellos, va cambiar todo. Porque muchos de los asesinatos, y todo ese pedo, son de ellos. De gente que los ha asaltado, les ha quitado algo; los mandan matar. O deudas que tienen también. Y también que están metidos en la… en… en el tráfico de drogas y todo. Pus tienen un chingo de dinero y son muy trabajadores. Y son como las pinches chinches o como las cucarachas. No, como las pinches… ¿Cómo se llaman ésas que están debajo de las piedras?… Como las lombrices, siempre están escondidas. ¿Dónde ves a los culeros esos? Y hay un buen de culeros muy ricos ya. Esos deben de salir de aquí. Ya se infiltraron, eh. Al ratito va ver puro de esos ya. Tepito… Si… si… si las autoridades no meten mano de esa forma. Pero para que una autoridad quiera hacer eso. Una alta autoridad que tenga el poder, necesita sentir algo por esto. Que esté sobre el dinero y sobre todo. Si no… Y eso va a ser un milagro, ¿no?…"
Golpear el costal cuando viene no cuando va.
“…Y había otros como el Ostión Beltrán. El, este, ¿cómo se llama? El Beto Ojeda. El este compa que, ay, un chavo que era… era… Ai anda. ¿Cómo se llama? Es ora, este, hojalatero. Ese cabrón en una… una final de Guantes de Oro le rompió la quijada al Rubén Olivares. Sí… Este, el Halimi Gutiérrez. Aquí viene, aquí trabaja conmigo, sí. Bueno, ya no, yo ya no soy nada. Aquí trabaja. Yo era su administrador. Eh, sí, eh. Pero ya no hace nada porque está enfermo. O sea, no, este, él, algunos otros peleadores. El Tomás Savala que anda… Luego se aventó para diputado. Personajes. El Pinocho, el Pinocho Gutiérrez. Rodolfo Martínez, no, pinche peleadorazo tan tremendo. Este, Enrique García. Todos, todos ellos, hacíamos una… Hicimos un equipo de futbol. Y ahí se nos juntaron los jugadores del Atlante. Aquel Rivas, este, ¿cómo se llama? Y el ídolo de aquí de Tepito, el Manolete Hernández. No, pe… pero… Qué fino es ese cuate también, qué buen... buen exponente del barrio ese. Ése también tiene. No, no, no, hay gente, hay gente suave. Y los toreros. El Alfredo Acosta, ai anda todavía. Y el Paquiro. Son banderilleros. El mejor banderillero que hay en México es este, Alfredo, Alfredo Acosta. Él estaba ahí en Rivero, su papá era… este… componía guitarras y hacía guitarras. Ahí vivía juntito. Ahí aprendí yo a tocar la… la guitarra. En Rivero. Sí, y todavía es… es… torero él, el chavo. Bueno, ya no chavo. Ya tiene, ¿qué será?, le llevaré yo unos tre… unos cuatro, cuatro años cuando mucho. Somos amigos desde la infancia. O sea que… Y luego todas las… las señoras de Rivero. ¡‘Uta madre! Cuando quitaron ahí todo, en Rivero. Que tiraron ahí para… para… hacer, este, lo que ahora es el deportivo Kid Azteca, ¿no?, se llama el deportivo. N’ombre, encontraron tumbas ahí. Osamentas, de gente grande y de muchos niños, de… de… abortos y todo eso. Pero infinidad encontraron ahí. Luego nos subíamos a la azotea por ahí, por… por el lado de Tenochtitlan y Rivero, a ver ahí cuando estaban haciendo sexo las prostitutas, y la chingada. Ahí teníamos nuestra… nuestras ventanas. En las azoteas, a toda madre. Sí, hasta Toltecas. Sí, luego ya dio la vuelta por Peñón, cuando ya se empezó a acabar Rivero. Fue un… Esa época a mí me tocó; conocer a los cuates de ahí; padrotes, que bailaban, tocaban la guitarra, fumaban su motita, pero acá. Sí, pero tranquila. Cuates cuenteros, tocaban la guitarra. Había un tresillero. Ahí nos juntábamos en una peluquería que estaba en… en la mera esquina. Por ai anda un cuate que ai tocaba. Era trabajador de ai. Tocaba guitarra. Y con todos los pinches chisme de las prostitutas. Luego les iba a traer los… este… ¿cómo se llama?, mandados. Y eso era, mandadero de las prostitutas. Me mandaban a comprar cosas, refrescos, cigarros, madre y media. Me ganaba mi feria. Era a toda madre. Ahí debuté por primera vez. En el sexo. No, no, pus, una… una vida muy… muy… que… que… de aquella época, ¿no? Violenta, dura, de mucha malicia, ¿no? De mucha malicia más que de inteligencia. Una cultura, una cultura muy… muy difícil, ¿no? Y muy adelantada, de… de la malicia. Porque yo veía a otros chavos de mi edad y todo eso, en otros lados, no, pus me los llevaba gacho. Yo era más malicioso pero de todas todas. Sí, sí, sí, cuando así de jovencito. Y luego que empecé a entrenar desde chavito, pus comencé a aprender a meter las manos y tenía una seguridad más que todo. Porque era muy peleonero yo. Pero tenía mucha seguridad, ¿no? O sea que… Y alguno que se me aventó en alguna ocasión. ¿No pues con quién? Pus con ese. Me ponían a mí porque estaba más flaquito. Pus órale. Pum, pum, pum, le daba en la madre, ¿no? No, pus, eh, acá que el Famoso y el Famoso. Iba a la Arena Coliseo cuando comencé a pelear en los Guantes de Oro. Con una matraca que hizo su papá de los… De Acosta, el señor de las guitarras. Era carpintero él, el de las guitarras. Una pinche matracota que llevaba y… No, era un agasajo en la… en la Arena Coliseo. Y ahí me comencé a hacer de fama. Tepito. No, fue, fue una… una… buena vida, eh, la verdá. Una buena vida. Mejor que en cualquier otro lado. Mejor que en cualquier otro lado… Yo he conocido, ya después, a través del tiempo, gente de dinero, gente de buena posición social, gente de cultura, gente culta, gente todo, y… En mis etapas de… Desde mi niñez a la juventud, y hasta ahora que ya estoy grande, que ya voy a entrar a la tercera edad, pues la he vivido, este, en diferentes medios, pero muy liberado, ¿no? Muy liberado y muy… este… muy basto. Vamos, muy basto de todo, ¿no? La vida me ha dado bastante. Así, de todo, donde quiera que he estado. Hasta aquí, que… que… Para mí no hay pobreza en ningún lado, ¿no? O sea, yo no veo miseria ni nada. Adonde yo me esté, ahí me siento bien, ahí me siento. Ahí siempre hay un cigarro, una cerveza, un refresco, un atole, un pinche tamal, una torta, un taco, ¿no? O sea que no hay pedo. Así como un buen cabrito, una… una paella. A toda madre. O este, ¿cómo se llama?… En Barcelona comimos en un restaurán una paella pero fabulosa. Nunca en mi vida he vuelto a comer. Así como si vamos a Puebla al mole, así en ese lugar. Pero es igual, ¿no? Es igual que unos pinches sopes aquí o unas cabezas aquí, aquí en Mecánicos, ¿no? Con un pinche sope y una cabeza de pollo frita y un agua de Jamaica o… A toda madre, no hay pedo. O sea, todo es bastante, ¿no? Nada es poco. Nada es poco, aunque lo parezca. Fíjate, yo no me arrepiento de nada, ni de la mujer con quien me casé, ni… De nada, de nada. Yo estoy a toda madre. La neta, eh, la neta. No, no, no me siento frustrado de nada, me cai. Porque ya no estoy en la competencia con nadie, con nadie. No me interesa, competir que soy mejor que aquel, que… que… Así nada más, ya. No tengo problemas de esa naturaleza. Antes sí, cuando era chavo. Natural, pus así vive toda la gente. Entons es fácil percibir cuando la gente normal anda todavía en esas… En esas situaciones, circunstancias de… De desafíos de esa naturaleza. Uno se da cuenta, pero ya pa’qué les digo. No van a entender. No tiene caso. Mejor en paz, cada quien lo suyo y seguimos siendo amigos, ¿no?..." ÁLBUM FOTOGRÁFICO, OCTUBRE 2011.
Octavio Famoso Gómez, 2011.
III
EL "ESTABLO" DE OCTAVIO FAMOSO GÓMEZ
La pera, 2011.
Regresé siete años después de haberlo visitado en el mismo pobre gimnasio de boxeo. Apenas lo vi, comprobé que el Famoso sufría las mismas carencias de equipamiento que nadie atiende desde hace mucho tiempo. Administraciones viene, administraciones van y en el gimnasio no se ve nada claro. Es lamentable que a los administradores que desconocen del boxeo se les asigne un lugar en el que, el que sabe, lo aprovecharía de la mejor manera para beneficio de los jóvenes del barrio. Esto es muy importante, porque, por la excelente tradición boxística de Tepito, debería ser un lugar propicio para atender a la joven población tepiteña. Sin embargo, para el gimnasio del Frontón del Ratón, de Las Águilas, nada de equipamiento, nada de promoción, nada de nada; ni siquiera un baño con regaderas para los jóvenes principiantes.
Pupilo del Famoso
Sin embargo, el mismo Octavio Famoso Gómez, aparentemente resignado pero sin desánimo, aporta algo de equipo para sus jóvenes pupilos. Ya no se lamenta, como hace siete años, de la abundante población coreana que hoy negocia en el barrio, ni de que la autoridades no hacen nada en contra de ellos y en beneficio del barrio. Ni de que ya no hay personajes como los de antes, que daban una buena imagen al barrio, ni de que Tepito ya se acabó pero que renacerá de sus cenizas. Él a lo suyo, el boxeo, y a disfrutar de sus hijos y sus nietos, y de su mujer, sin resentimientos ni reclamos. Por eso, argumenta, siempre pinta su casa con el mismo color, para que cuando lo visiten se acuerden que ahí la pasan bien y que ahí viven, para unos, los padres, y para otros, los abuelos; y ahí, mientras estén, la puede pasar tranquilos y a gusto. Finalmente, tranquilo -desconozco el motivo que le ha dado esa tranquilidad, tal vez la resignación- ha dejado atrás la preocupación de no contar con apoyo económico para su vejez. Asimismo, ya tampoco le interesa la fama, que no sirve para nada, dice (aunque, en un momento dado, sí se lamenta de que los jóvenes de hoy no sepan quién fue el Famoso Gómez); tampoco le interesan mucho la escritura de sus relatos ni sus sketchs. Ahora le interesa estar en paz y tranquilo, entrenando a sus pupilos a pesar de las carencias; aunque, sin duda, lo sabe, el gimnasio tepiteño podría estar mucho mejor equipado si llegara un administrador que supiera de boxeo.
Un pupilo golpea el costal, 2011.
Indicaciones del Famoso, 2011.
Calzando los guantes al pupilo, 2011.
Cómo moverse y lanzar los golpes contra el adversario, 2011.
Corrigiendo fallas frente al espejo, 2011.
Cómo avanzar hacia el contrincante y lanzar el golpe, 2011.
El fortalecimiento del abdomen, inevitable, 2011.
El último boxeador famoso de Tepito, 2011.
“Fui boxeador de oficio y tepiteño de coraza. Nací el 30 de marzo de 1944. Me retiré del boxeo en 1978 sin que me dieran la oportunidad de pelear por un título mundial. Tuve 120 peleas a nivel amateur y 105 a nivel profesional. En 1961 fui campeón de los Guantes de Oro. En 1962 y 1963 resulté Campeón Nacional de box amateur en Peso Mosca y clasificado para la Olimpiada de Tokio, Japón, a la cual no asistí, porque ese mismo año debuté como profesional, en una pelea que gané por K.O. En 1974 me convierto en el Primer Peso Pluma del Mundo. En resumen es mi vida”.