ASOMÁNDOSE A LA CALLE. DE LOS BENÉFICOS TALLERES DEDICADOS A LAS NIÑAS Y LOS NIÑOS EN TEPITO),

ASOMÁNDOSE A LA CALLE. DE LOS BENÉFICOS TALLERES DEDICADOS A LAS NIÑAS Y LOS NIÑOS EN TEPITO),
ASOMÁNDOSE A LA CALLE. DE LOS BENÉFICOS TALLERES DEDICADOS A LAS NIÑAS Y LOS NIÑOS EN TEPITO.

Narrar y fotografíar

NARRAR Y FOTOGRAFIAR

para Cuauhtémoc García Arteaga, por su gran amistad.


Si me es posible comunicar, la palabra escrita y la imagen fotográfica me son vitales para lograrlo. Por ello, y por el intimo placer (egoísta, tal vez) que me produce hacer fotografía y cuento literario, abro este blog que me permitirá comunicarme y compartir estas vocaciones con familiares, amigos y, quizás, con algunos desconocidos que por curiosidad o por descuido entren en él.


Mi tema, inevitable para mí, es la ciudad y, en lo personal, mi barrio entrañable, que me ha llevado a realizar largos viajar sin abandonar mi habitación y, con ello, rondar entre sus calles y su arquitectura desmoronada y desteñida, vislumbrar sus entrañas, adentrarme en sus noches y sus amaneceres, en sus días opacos, umbríos y, en ocasiones, radiantes, aunque, muchas veces, éstos otorgan pocas esperanzas para esos seres escondidos, parapetados tras algún estereotipo demasiado gastado por la nota roja y por el paso del tiempo.


Por ello, lo sé o, tal vez, lo intuyo: no existe el ser humano que en el trajín de la vida a la sepultura permanezca ausente, inicuo, sin dejar huella. Siendo así, por ironía y paradoja, la gran mayoría de los que habitan estos rumbos obnubilados, me parece, no son los perversos que dejarán su huella criminal en las sombras de las habitaciones y de las vecindades (como lo imaginan los que temen al barrio). Esa huella no la dejarán ellos. Sin embargo, los que, con anticipación, los rechazan, los sancionan y los condenan (a la vez que denigran los estereotipo que sus "buenas conciencias" recrean a cada momento), sí lo harán, como ya lo hacen, sin ningún remordimiento, los políticos, los oligarcas neoliberales, los líderes sindicales, etcétera...

miércoles, 26 de febrero de 2014

DEL 13 DE BATOLOMÉ (CÉLEBRE VECINDAD DE TEPITO) Y DE ALGUNOS DE SUS HABITANTES


(HE REPUESTO ESTA ENTRADA QUE EN DÍAS PASADOS DESAPARECIÓ DE MANERA INEXPLICABLE -DE ESTE INCIDENTE HASTA AHORA NO HE RECIBIDO RESPUESTA DEL ADMINISTRADOR, BLOGGER-. LA HE REPUESTO ACUDIENDO A MIS ARCHIVOS PERSONALES. AGRADEZCO A QUIENES LA LEAN PREVINIENDO QUE VUELVA A DESPARECER.)

Al ingresar al "13 de Bartolomé" se tiene la impresión de que se retrocede en el tiempo; aquel tiempo que se refugió en sus resquicios y en sus rincones olvidados que, a la vez, atraen múltiples recuerdos: éstos nos transportan a las numerosas habitaciones que nos circundan y, asimismo, nos llevan al primer piso, al que se asciende por medio de una ancha escalera que, en medio del patio, después de subir una decena de escalones, entre sus barandales de hierro forjado, se bifurca a la derecha o a la izquierda. Parecería que, paso a paso, quien sube podría encontrarse con algunos pachucos o rumberas, o con peladitos albureros o con ñoras melodramáticas de la vida galante, o con cualquier otro personaje cinematográfico de los años cuarentas o cincuentas del siglo pasado. Porque, incluso, a través de la imaginación, aún se pueden respirar y percibir los olores de aquellos tiempos (los sabrosos frijoles negros con epazote cociéndose en una ahumada olla de barro, sobre brazas de carbón; o, por otra parte, las deliciosas migas con su chile cascabel y su hueso con tuétano, o la sopa de letra o de fideo con el "huacal" del pollo que le agrega un exquisito, entrañable, sabor de añoranza, hirviendo dentro de una olla de peltre abollada, puesta al fuego lento de una estufa de petróleo; o, de igual manera, más allá, podrían percibirse, agresivos, los fuertes olores del activador, del "tihner" o el cemento industrial que se utiliza para la fabricación de calzado de calidad insuperable; o el aroma de las maderas de la carpintería o del frío metal de la herrería que del cuarto de vecindad desemboca hacia un local que da al exterior, a la calle del barrio transitada por vecinos y desconocidos); también se escuchan los ruidos de los chiquillos jugando en el amplio patio; gritan, corren, en rededor de los lavaderos colectivos. 



Entre tanto, la voz de Julio Jaramillo, de Bienvenido Granda, de Pedro Vargas, de Toña la Negra, la música de la Sonora Santanera, de Los Xochimilcas ("¡Que se mueran los feos!"), se filtran, según se va recorriendo el patio, de entre las rendijas de las dañadas puertas de madera. Se puede adivinar que esas voces y melodías vienen desde las "zotehuelas", desde los tapancos de las habitaciones en los que se ha equipado un taller familiar en el que, para pasar las largas horas de labor, se sintoniza, en el recién adquirido aparato radiofónico, la XEW, con Paco Malgesto y otros locutores de engolada voz.







 
 

  
Una vez pasado el "shok" causado por la antigua vecindad (después de haber traspasado el altar dedicado a la Virgen de Gualadlupe que resguarda el zaguán), en un intento por volver al presente, de entre toda esa marea de remembranzas, que sin duda dan identidad y arraigo a varias generaciones de habitantes del Tepito de hoy, es bueno encontrarnos, vital, sobreviviente, a una vecina del 13 de Bartolomé (aunque, para variar, nos llevará a revivir su pasado que, por necesidad, vuelve a ser colectivo)... 

La dama que resguarda un antiguo instrumento musical

La señora Marcela Silvia Hernández Cortés es la heredera de una tradición musical del México de nuestros abuelos y bisabuelos: los cilindros de origen italiano o alemán. Son aquellos instrumentos que, se dice, cualquier toca dándole vuelta a su manivela, pero no todos lo cargan. Ella resguarda esta tradición musical en el corazón del barrio de Tepito, en un departamento de la antigua vecindad marcada con el número 13 de la Plaza de Bartolomé de las Casas, a un costado del campo de futbol, conocido entre los vecinos como Maracaná. 


(Sin embargo, hoy la mayoría de sus altas y espaciosas habitaciones son utilizadas como bodegas de todo tipo de mercancías que se expenden apenas saliendo a la calle.)

Don Pomposo Lázaro (¿ - 1912), padre de 10 hijos, músico y director de orquesta en su natal León, Guanajuato, fue el primer mexicano que los adquirió y grabó música mexicana en los cilindros y dio inicio, años antes de que principiara la revolución mexicana, por los mil ochocientos noventa, al oficio de la compostura y el puntilleado de la partitura musical en el chayote de los cilindros fabricados en Alemania, Francia o Italia (llegados a México en 1884)... 

Contaban sus descendientes que una señora a la que don Pomposo le compraba las tortillas, sabiendo que era músico, le pidió que le arreglara un cilindro que tenía arrumbado. Don Pomposo le aclaró que no sabía de esas reparaciones, pero que se lo llevara a su domicilio particular, a ver qué podía hacer.

Don Pomposo, con infinita paciencia, mucha intuición y sabiduría de músico, resolvió el intrincado contenido de esa caja musical con manivela... Y previendo que el mantenimiento y la compostura de esos aparatos musicales serían un negocio con futuro, decidió irse a la Ciudad de los Palacios. Le habían informado que en la capital se hallaba la principal distribuidora de los organillos, la Warner & Leaven.

De los diez hijos de don Pomposo, uno fue torero destacado, Rodolfo Gaona, y dos más aprendieron los secretos del nuevo oficio que les legaría su padre: ellos fueron Alfonso Lázaro Gaona y Gilberto Lázaro Gaona, quien se instalaría en el corazón del barrio de Tepito, en el 13 de Plaza de Fray Bartolomé de las Casas, interior 7..

Don Gilberto Lázaro Gaona (1888- 1968), en su tiempo director de orquesta de la Marina de México, en 1936 adquirió algunos de estos complicados aparatos musicales de una vecina de la misma vecindad, doña Julia Loredo, venerable anciana y pionera propietaria de organillos que los hacía sonar en las ferias y circos que periódicamente se instalaban en la Plaza de Fray Bartolomé de las Casa (donde hoy se ubica el campo de futbol Maracaná). Poco más adelante, don Gilberto mismo mandó traer o viajó a Alemania para adquirir más cilindros (la familia Gaona llegó a poseer 200). Y los alquiló tanto para amenizar veladas bohemias como para llevar serenatas o para la filmación de películas, o para enviar a recorrer las calles a los tradicionales organilleros que se turnaban cargando los treinta, cuarenta o los casi cincuenta kilos de peso del cilindro. Con el cilindro inundaba las céntricas calles haciendo sonar sus melodías mexicanas.

Son tan complicados, tanto el mantenimiento como la afinación de estos instrumentos (inventados en el siglo XVII y dejados de fabricar en Alemania en 1927), que probablemente, haciendo a un lado la aparición y evolución de otros aparatos musicales, estas  razones hayan contribuido su desaparición, aunque aún conserva algunos la señora Silvia Hernández a la par de algún otro coleccionista.

Por demás es decir que ya no se encuentran refacciones originales (como las teclas de la leve madera del pino de Oregon) y si se consiguen, resultan muy complicados de afinar; esto es, porque, no se exagera al confirmar que, prácticamente, en el interior del cilindro se tiene que afinar una orquesta con todos los instrumentos posibles: desde violines, arpas, violas, contrabajos, trompetas e, incluso, pianos. ¿Quién entona, afina y pone los acordes, los "adornos" de cada melodía, de cada instrumento dentro de la fina caja de caoba o cedro blanco? Sólo un avezado músico que sepa que dentro del cilindro, bellamente repujado con maderas preciosas, se hallan, puestos en juego por la “manija”, el “secreto”, las “puntillas”, los “burros”, los “trinos”, el “rosetón”, el “chayote”, los “puentes”, la “biela”, el “fuelle”, los “vecos” y tantas decenas y decenas de piezas más que sólo conocieron los iniciados, los miembros de la familiar Gaona. 

 Entre ellos, experto puntilleador, el fallecido esposo de la señora Marcela Silvia Hernádez, quien en vida también llevó el nombre de Gilberto Lázaro Hernández (1928-1986) (el mismo nombre de su progenitor).

En la actualidad, sin herederos a los que les interese, sólo la señora Marcela Silvia Hernández Cortés resguarda esta tradición musical muy identificada con la antigua ciudad de México, con las céntricas calles de reminiscencias coloniales, pre-revolucionarias y postrevolucionarias, de la capital mexicana. 

De las centenas que, en el pasado, poseyó la familia Gaona, hoy, la señora Silvia sólo atesora nueve cilindros originales. Con cinco de ellos, sus organilleros, vestidos con el clásico uniforme color caqui, limpios y bien planchados, diariamente salen del 13 de Bartolomé a recorrer las calles.

Los cuatro cilindros restantes permanecen en reparación en manos de la misma señora Silvia, y de vez en cuando de algún conocedor chileno que de repente arriba desde su lejano país e intenta arreglar los cilindros descompuestos. Para ello, utiliza piezas de otros cilindros que han ido quedando inservibles. Así es como sobrevive, en el siglo XXI, el antiguo instrumento musical del que es heredera la señora Silvia Hernández, personaje insustituible del barrio de Tepito. 

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En el "13 de Bartolompe", a los largo de los años han acontecido sucesos culturales variados y significativos para la comunidad local: en el departamento del finado Mario Olivares, entre el coro de jóvenes, Emaús, se inició la Peña Tepito, que posteriormente sería la contracultural Peña Morelos. En ese mismo departamento pitaron en su paredes artistas del Tepito Arte Acá, entre ellos el maestro muralista Daniel Manrique. También se filmaron exteriores de la película Chin Chin el Teporocho, dirigida por Ignacio Retes con guión de Armando Ramírez, destacado escritor tepiteño; además, con frecuencia, se han realizado documentales cinematográficos o televisivos...