ASOMÁNDOSE A LA CALLE. DE LOS BENÉFICOS TALLERES DEDICADOS A LAS NIÑAS Y LOS NIÑOS EN TEPITO),

ASOMÁNDOSE A LA CALLE. DE LOS BENÉFICOS TALLERES DEDICADOS A LAS NIÑAS Y LOS NIÑOS EN TEPITO),
ASOMÁNDOSE A LA CALLE. DE LOS BENÉFICOS TALLERES DEDICADOS A LAS NIÑAS Y LOS NIÑOS EN TEPITO.

Narrar y fotografíar

NARRAR Y FOTOGRAFIAR

para Cuauhtémoc García Arteaga, por su gran amistad.


Si me es posible comunicar, la palabra escrita y la imagen fotográfica me son vitales para lograrlo. Por ello, y por el intimo placer (egoísta, tal vez) que me produce hacer fotografía y cuento literario, abro este blog que me permitirá comunicarme y compartir estas vocaciones con familiares, amigos y, quizás, con algunos desconocidos que por curiosidad o por descuido entren en él.


Mi tema, inevitable para mí, es la ciudad y, en lo personal, mi barrio entrañable, que me ha llevado a realizar largos viajar sin abandonar mi habitación y, con ello, rondar entre sus calles y su arquitectura desmoronada y desteñida, vislumbrar sus entrañas, adentrarme en sus noches y sus amaneceres, en sus días opacos, umbríos y, en ocasiones, radiantes, aunque, muchas veces, éstos otorgan pocas esperanzas para esos seres escondidos, parapetados tras algún estereotipo demasiado gastado por la nota roja y por el paso del tiempo.


Por ello, lo sé o, tal vez, lo intuyo: no existe el ser humano que en el trajín de la vida a la sepultura permanezca ausente, inicuo, sin dejar huella. Siendo así, por ironía y paradoja, la gran mayoría de los que habitan estos rumbos obnubilados, me parece, no son los perversos que dejarán su huella criminal en las sombras de las habitaciones y de las vecindades (como lo imaginan los que temen al barrio). Esa huella no la dejarán ellos. Sin embargo, los que, con anticipación, los rechazan, los sancionan y los condenan (a la vez que denigran los estereotipo que sus "buenas conciencias" recrean a cada momento), sí lo harán, como ya lo hacen, sin ningún remordimiento, los políticos, los oligarcas neoliberales, los líderes sindicales, etcétera...

lunes, 7 de marzo de 2011

RECREACIÓN - UNA MIRADA A LA CULTURA TEPITEÑA

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Ficción. Cuento.
Ilustración al séptimo cartel-cuento, Recreación, de la colección El Barrio, realizada por Arturo Pastrana.

Recreación

para Raúl Cornejo

Todo es posible. ¿O no? Dímelo tú. Incluso el salto de una perra preñada que en el vuelo va pariendo a su prole, embarrándola en el viento; quizás la deja abandonada en la ventana del sueño, en el  vano, en la jamba, bajo el umbral, en el humo de los cristales hechos añicos, o quizás cada cría atraviese el horizonte de un invierno. Tal vez  pudiera ocurrir que distinguiéramos al cachorro que quedó incrustado en una brizna de nieve. En las nieves que se desintegran y permanecen perennes como el recuerdo de la vocecita de mi hijo. Lo extraño. Dímelo tú si no. Para que me aliviane y me sostenga. Para que me ayude a dominar el miedo y el terror de estar encerrado o de pie frente a un filo agudo, tras una barda pequeña. Con un cabrón dando mandobles desde el otro lado, usando una navajita que me provoca carcajadas y, a la vez, miedo, mucho miedo. Y mi compadre como si nada. Desafiando al ojete que no se acerca, que le teme a la botella quebrada, como con colmillos afilados, del Chuchín. Empuña con miedo su navaja. Parece que quiere matar y no quiere. Lo invade el miedo y la vergüenza. Vergüenza por que si se abre, los del barrio le dirán que es un ra­jón, que cómo es posible. Los güevos sólo los cargan los cabrones de veras. Y sí, es cierto. Chuchín lo demuestra, ni para atrás ni para adelante. Al menos eso dis­tinguía yo. También escuchaba las mentadas que nos mandaban las viejas desde las azoteas y los balcones. Decían que dejáramos al cabrón de la navajita, que montoneros hijos de la chingada. Y yo me atolondraba más con esos gritos y la calina y la briaga y el miedo amontonados en la cabeza, sintiendo el cuerpo hecho de humo y lodo, sin entender por qué llegó ése amenazando al Chuchín, por qué lo quiere matar. Y yo, ni madres, no me meto, no los separo. Si quieren que los calmen ellos, Rubén y el Alemán. Ellos que se fugaron cuando llegó el de la navajita. Corrieron a ponerse a salvo entre las putas del vecindario. Ahora Rubén carga a su chavito y el Alemán abraza a su querida. Gritan, trepados en sus balcones como guacamayas. Ni madres, ni madres, que bajen ellos a desapartarlos. ¿Qué no se dieron cuenta que hace rato lo intenté y se les encresparon más las muecas de odio? Y no, con Chuchín no me bronqueo, no hay necesidad. Si se quiere morir que se muera. Yo seré el primero en ir a su velorio y en acompañar su cadáver al panteón. Por algo es mi compadre. Por eso desde niños andamos juntos. Al principio nos caíamos mal, nos dábamos nuestros buenos puñetazos, nos ahuecábamos el cuero, duro y bonito. Por lo encajoso, pleitero y cabrón que es. Ama el pleito, a eso se debe que sea así. Yo me parezco a él. No me atemori­zan sus puños. Esa es la razón de que finalmente nos hiciéramos compadres, buenos compadres. Dímelo tú. Aunque compadres y todo, aun así nos acomodábamos madrazos chingones; nos sorrajábamos las mejores mañas que nos sabíamos. Y aquello por causa de sus ondas. Que no me agarres o te rajo tu pinche madre. ¿Que qué transa, por qué te calientas conmigo? ¡Suéltame! Y su coraje se vuelve contra mí y yo no, éste no se desquita con su compadre. Aprieto los puños y las venas se me hinchan y pan-pun-cuas, ninguno se da por vencido hasta que nos separan. Sangre que escurre de la nariz, alguna herida en las cejas y los labios, cabellos enredados entre los dedos y pellejos en las uñas, era lo que nos quedaba de la bronca. Luego, mientras se nos encostraban las heridas, nos íbamos a continuar o iniciar una borrachera. Así que no tiene caso. Si lo separo él tiene una botella y yo otra. Chance y aquí sí me quedo yo o se queda él. O chance y el de la navajita se aprovecha y adiós compadre. No, que vengan ellos. Que bajen. Pero no bajan y siguen gritando, vociferando entre el coro desafinado de putas, con la querida del Alemán dirigiendo la orquesta. ¡Pinche vieja! Apenas se puede creer que el Alemán la padrotee y que todavía lo deje tener aparte una noviecita santa. Y grita y se prende del pescuezo del culero que se carcajea mirando cómo se fuga el de la navajita. Lo siguen el Chuchín y su hermano, el Picochulo. Lo persiguen apedreándolo. Pero el de la navajita se salvó de que lo alcanzaran. Nomás lo persiguieron hasta la esquina de la cuadra y se regresaron. Las viejas de los balcones recogieron sus gritos como si recogieran su ropa de los tendederos. Echaron una mirada de soslayo y se metieron en sus madrigueras.
Chuchín y el Picochulo regresan sonriendo muy satisfechos. Sobre el rostro del Chuchín escurre el sudor que cae en su camisa mugrienta de hojalatero. Salú, dice, y se empina la garrafa de pulque. No trastabilla, se sostiene como si la borrachera que antes de la bronca lo tenía zumbado ni hubiera existido. Hasta se me cortó, dice y se bebe otro buche. El Picochulo se despide dándome palmadas en la espalda y recomendando a su hermano que se cuide. Nos quedamos solos otra vez. Bueno, no tan solos, porque algunos ojillos que pasan o que miran desde las ventanas nos custodian o nos condenan y se cuidan de nosotros. Nos vale. Nosotros nos sentamos en el quicio del edificio. Bebemos turnándonos la botella. Mientras, la tarde va cayendo como la bebida en mi estómago. El calor todavía calienta el aire que flota y desfigura el pavimento. Exhalo eructos. A lo lejos se escucha a Bienvenido Granda o a la Sonora Santanera o a Rigo Tovar. Chuchín y yo aprovechamos para acompañarlos en sus tonadas, a pesar de las risillas de los chiquillos o de los cuates que pasan y se detienen para saludarme o hacerme una invitación: que vente a jugar futbol al equipo de Hacienda; que mañana se casa mi hermana, vas. Dímelo tú. ¡Esos son los cuates! No se olvidan de mí aunque sólo los visito cada fin de año. Y abrazan y abrazan y ya me tienen fastidiado y a alguno que otro que me cae gordo lo mando a chingar a su madre. No responden ni respingan, saben quien es Raúl Cornejo, alias el Brasil, mal conocido por el Chanclotas. Lo de Brasil es por mi buen futbol, ellos lo reconocen; lo del Chanclotas, mejor ai muere. Pero por ahora todos se van, nos dejan abandonados como si fuéramos ánimas condenadas a vagar por Tepito. Al final de cuentas, no me importa. Que se alejen de mi paisaje de callejón flotante, de zumbido que deviene angustia porque Chuchín ahora se bronquea con uno que empuña un puñal, no una navajita, sino un puñal aguzado y fino como un picahielo. Se la mientan y sólo esa bardita contiene la furia que se desborda en cada insulto que golpea el viento del anochecer. Yo los veo como si navegara y presenciara el pleito a través de un ojo de buey. Balbuceo alguna palabra briaga, algún dialecto de borracho que ni yo entiendo. En eso, el que está  del otro lado, se deja venir en mi contra, sin alcanzar a tocarme. Chuchín, entre la penumbra del alumbrado público, se aprovecha y lo ataca. Los dos se enfrasca y se mezclan y se revuelcan. Chuchín con su botella colmilluda y el otro con su puñal. Luego yo me acerco y le entro. Cuando me doy cuenta ya vamos correteando al gandalla del puñal. Caigo y Chuchín me levanta para que prosigamos la persecución. Pero se nos escapó. Sólo durante unas cuadras tratamos de alcanzarlo. Sangrando, se perdió en el barrio. Regresamos carcajeándonos, aún más briagos que sobrios, a la botella, a seguirla de nuevo. Nomás que esta vez nos fuimos a la casa de Chuchín. No estaba mi comadre ni mi ahijado y hasta la mañana siguiente regresaría de visitar a sus padres. Allí llegamos con la intención de ver el boxeo, caer vencidos en los sillones y despanzurrar un sueño. Sentado tuve la creencia de que por fin terminaban mis preocupaciones en el canijo Tepito y de que por fin me resguardaba del peligro de sus calles umbrosas. Creí que me cobijaría el sueño en la casa del Chuchín, quien cayó súbitamente, resollando como toro. Pensé que lo había derrotado la borrachera. Más tarde supe que no. Dímelo tú. Ni se movía, sólo miraba la televisión, resoplando un sonido que más parecía salido de un socavón que de mi compadre. Era una especie de gruñido, era su agonía. Derechito, con la vista puesta en la pantalla, se fue doblando. Ahí se quedó, porque yo me dormí hasta que vino su mujer al día siguiente. Gritó señalando la mancha medio coagulada que había bajo el cuerpo de mi compadre. Me despertó ese aullido que se eternizó en el hocico de mi comadre. Reaccioné y, bien crudo, quise levantar a mi compadre para llevarlo a un hospital, pero nomás no lo logré. Estaba enroscado, frío, muy pesado, atiesado para siempre. Vinieron los vecinos y luegoluego creyeron comprender lo que había sucedido: que yo, aconsejado por la borrachera, le agujereé la panza y luego me tendí a dormir, sin ningún remordimiento de conciencia. Yo ni podía responder, cantaba la guácara en el baño. Luego, ya cuando me refundieron en el tambo, mi mujer me trajo la explicación. Me dijo que el de la navajita tenía broncas de mucho tiempo con el Chuchín y era hermano del que llegó des­pués con el puñal. Lo que siguió ya te lo sabes. ¿O no?

'Ora te toca a ti. Cuén­tame tu historia. Me gusta oírla. Me caga de risa tu mala suerte. Mira tú que por robarte un litro de leche ya tengas siete años enjaulado y sin saber si has sido condenado o no, esperando que la justicia se acuerde de ti. Chance y hasta creen que ya andas libre, robándote otra vez la leche para tus hijos y suponiendo que tarde o temprano volverás a caer en sus manos. Anímate, cabrón, no estés triste. Cuén­tame tu historia. Tenemos que entretenernos para que el tiempo pase aprisa. Quien quita y en una de tantas vienen a soltarnos y a pedirnos disculpas por su equivocación. 

Diego Cornejo Choperena

Portada del cartel-cuento Recreación.

Recreación, Diego Cornejo Choperena, Cartel-cuento, Colección El Barrio, publicaciones de la Peña Morelos, 1983, Tamaño 69 x 30 cm.


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 LA PRODUCCIÓN EDITORIAL Y LITERARIA DE LA PEÑA MORELOS
Texto de la invitación, a la presentación de la colección El Barrio en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes, México D.F. 13 de noviembre de 1983,
Cartel-invitación

No fue mucha la producción editorial y literaria de la Peña Morelos, pero, como dirían los clásicos, sí sustanciosa. Entre la publicación de carteles con poemas de Brtolt Brecht y carteles informativos, en 1983 en la colección de 7 carteles-cuento titulada El Barrio, se publicaron 7 cuentos (300 ejemplares de cada uno) correspondientes a 7 distintos escritores: Miguel Donoso Pareja (ecuatoriano), Regino Pedroso (cubano); y cinco jóvenes mexicanos: Juan Villoro, Gustavo Masso, Alejandro García, Roberto Bravo y Diego Cornejo Choperena, a quien corresponde el cuento que a continuación aparece. Éste fue ilustrado por Arturo Pastrana. Los restantes seis carteles-cuento fueron ilustrados por Ana Barreto, Salvador Carrillo, Antonio Ramírez, León Chávez Texeiro y otros dos excelentes ilustradores, de los que no tengo certeza, pues no cuento con información que me lo ratifique, uno de ellos fue citado y conocido como El Chamuco y el otro como Mario Ortiz. El diseñador de la carpeta que los contenía, impresa en serigrafía por él mismo, y coordinador de los ilustradores fue el entrañable Felipe Hernández... 


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LA PRODUCCIÓN ARTÍSTICA Y CULTURAL EN TEPITO

En Tepito la producción artística y cultural tiene muchos años de llevarse a cabo de manera, por así decirlo, subterránea. Por supuesto, dichas expresiones culturales nunca han sido incluidas dentro del circuito de "la alta cultura" de la gran urbe (uff, qué alivio, pienso). Así pues ha quedado en manos de los vecinos del barrio el reconocimiento o no de su valía.

Dicha producción fue más notoria a partir de la década de los años setentas del siglo pasado, cuando surgen el movimiento muralista denominado Tepito Arte Acá y la Peña Morelos, de los que ya hemos escrito en varias entregas de este blog.


Para dar fe del señalamiento anterior, puede citarse que durante los inicios de los años setentas de siglo pasado, se publicó El Ñero, un tabloide en el que cabía toda la problemática que interesaba al barrio y, también, cabían todos, entre ellos Armando Ramírez, quien estaba a punto de publicar Chin Chin el Teporocho (el narrador es el único personaje reconocido más allá del barrio, junto, tal vez, con Daniel Manrique), y muchos otros, entre ellos, el mismo Daniel Manrique y Luis Arévalo (de quien también se ha escrito en el presente blog). Este tabloide fue propiciada por el sacerdote Federico Loos, párroco de la iglesia de La Divina Institución.


De esas dos propuestas devinieron otras más, sobre todo a partir de los sismos de septiembre del 85. Ese año aparecen la revista Desde el Zaguán, editada por Fernando Ramírez, El Poeta, quien solicita y reúne escritos de los habitantes del barrio y los publica tal cual, sin corrección de ninguna clase, lo que la convierte en una primigenia revista literaria, impresa en fotocopias y cuando es posible hacerlo. Hasta hoy, aparece esporádicamente, aunque ya tiene varios años de no hacerlo.


En seguida viene otra revista, más elaborada, con diseño un tanto más profesional, ilustrada y con contenido literario que pretende serlo en serio, y lo logra, sin duda. Editada por un consejo editorial entre los que destacan Rafael López y Mario López, uno escritor y músico, y el otro, escritor, diseñador e ilustrador de esta revista denominada La hija de la Palanca, en honor a una pulquería que existió en una de las cuatro esquinas que forman el cruce de las calles de Fray Bartolomé de las Casas y Tenochtitlán, en el barrio de Tepito. Alguna vez escuché a Mario López recordar que a ese lugar acudía su padre para degustar sabrosos curados de todos los sabores. Esta revista, como la mencionada anteriormente sufre por carencia de apoyos económicos, de los que ha recibido algunos, institucionales y particulares, que le han permitido sobrevivir, aunque, como El Zaguán, también ya tiene algunos ayeres que no es impresa en tinta.


Hubo otra revista, la que fue denominada Tepito Crónico, por su editor Eduardo Vázquez, coordinador de talleres literarios, escritor de cuentos y de una novela que ha sumado algunos años en espera de editor. Su revista también sufrió por carencias económicas, por lo que Lalo Vázquez dejo de publicarla.


Por el lado de los pintores, he oído y conocido algunas obras de una artista plástica de nombre Beneranda, de quien desconozco bien a bien su obra, aunque alguna vez acudí a una exposición de Daniel Manrique en la que alternó con ella. Figurativa, tal vez, no sé más de ella, pero quisiera saber... Del que sí sé es de Eduardo Candelas a quien apenas le alcanza el lienzo, porque se sigue en los bordes doblados en el bastidor y ya no continúa en la pared porque al retirar el lienzo quedaría un vacío imperdonable. También hace escultura y experimenta con todo material que se pone a su alcance... Excelente experimentador, Eduardo Candelas...
Y, por supuesto no puedo dejar de mencionar, ¡sería imperdonable!, al gran maestro, autodidacta, Julián Ceballos Casco, fundador del Tepito Arte Acá, al lado de Daniel Manrique. Ellos dos, quienes prosiguieron sus caminos distanciados, son una base muy sólida para los artistas plásticos del barrio de Tepito. Otro artista, que no debo dejar de mencionar, es Felipe Hernández, viejo militante de la Peña Morelos, reconocido por su labor en la serigrafía, en carteles y mantas. A Daniel Manrique ya le dediqué espacios anteriores en este blog. Un artista indispensable para el barrio.

Por el lado de la música destacan el grupo Son como Son, encabezado por Antelmo "Temo" Pérez, de ranció abolengo tepiteño, con un rico pasado de lucha social, actoral y musical. Otro grupo destacado, el negrito en el arroz, porque, inusitadamente, toca blues enmedio de un ambiente más guapachoso, tropicoso, que agringado, es El Cajón del Muerto, con su líder, Jesús Téllez, que lo mantiene a flote, integrando a nuevos músicos e intérpretes de sus canciones identificadas con el Tepito y sus alrededores, y con su maestría en la guitarra.

El Espacio Cultural Tepito


En el año 85 también resurgió el Espacio Cultural Tepito, en Vidal Alcocer número 114, a un costado de la iglesia de la Divina Institución, precisamente en donde el cura Federico Loos, gringo él, propició cooperativas, el tabloide El Ñero, una guardería y una Biblioteca de la Juventud (en 1968), ahí también se instituyó la preparatoria popular Comitancillo (en ese sitio hicieron su prepa, Mario López, entre otros muchos tepiteños).


De igual manera, en ese mítico lugar, en 1994, Luis Arévalo estableció su Taller libre del arte del Calzado, para impartir sus clases para enseña a hacer el calzado de manera gratuita a cualquiera que se lo solicite.


El Espacio Cultural Tepito, después de los sismos del 19 de septiembre del 85, no trascendió más allá. Sus integrantes, además de habilitarlo como centro de acopio para beneficio de los damnificados, en un momento dado quisieron hacer una labor similar al de la Peña Morelos, pero los tiempos y las condiciones (como se vio en La inverosímil historia de la Peña Morelos, se allá también en este blog) cambiaron radicalmente desde ese septiembre fatídico. Por ello, ese proyecto ya no tuvo continuidad.


Durante los primero años del nuevo siglo, en Tepito han surgido el Comité Martes de Arte en Tepito, Títeres en los Palomares y Alameda Tepito, promovidos, en su inicio por un mismo comité. De estas aventuras culturales aún se está escribiendo su historia...


Como se está escribiendo la inverosímil historia de María de la Luz Cadena, creadora de grupos de teatro infantil justo en el inhóspito espíritu del barrio de Tepito...




Por cierto, existe un grupo de teatro Tepito Arte Acá, desde hace muchos años, pero, quizás por sus necesidades, no se han desarrollado dentro del ámbito tepiteño, sino en espacios ajenos a éste. Aunque no por ello dejamos de lamentar que hace pocas semanas, se le expulsó del teatro donde realizaba sus presentaciones, con el argumento de baja calidad e incluso acusándolos de piojosos (lo leí en el facebook, donde lo denunciaron y tienen su espacio). Es injusto que por esos argumentos (puro prejuicio) se les haya despojado de su escenario. Por ello, en solidaridad solicitamos a las autoridades que les otorguen el Teatro Gorostiza que se encuentra abandonado, en paupérrimas condiciones, desde hace muchísimos años. Además, se halla en los linderos del barrio de Tepito.

Por otra parte, tanto Armando Ramírez, escritor de la novela Chin Chin el Teporocho, entre otras más, y Alfonso Hernández, del Centro de Estudios Tepiteños (CETEPI) -del que no es público el tamaño de su acervo ni sus estudios e investigaciones pasadas ni acutales-, y cronista del barrio, su labor (de ambos) está más dirigida a lograr el reconocimiento en el exterior que en el interior de Tepito (dicho sea esto, sin restarles ningún mérito personal), en comparación con los otros personajes o grupos que realizan (o realizaron) su labor, de forma preponderante, en el interior del barrio.









(Fotografías de Luz María Cadena y de alumnos de sus grupos de teatro infantil.)

sábado, 29 de enero de 2011

LA INVEROSÍMIL HISTORIA DE LA PEÑA MORELOS

 Primera Edición



para Mauricio Castro
Cuauhtémoc García Arteaga,
Enrique "Karuky" Hernández,
Nacho Morán,
Blanca Montaño,
Laura Leal Sorcia,
Sergio Ordoñez "El Huevo",
Sergio Urquieta

y para mi hermana Sara.







Desde un principio tuvo algo de inverosímil. Para empezar, por aquellos tiempos, 1974, nadie imaginaría, incluido yo, que más adelante, una canción como la anterior se escucharía en una de las calles del barrio, interpretada por el mismo Grupo Sanampay, conformado por músicos argentinos exiliados en México debido a la dictadura que asolaba a su país; como tampoco nadie creería que la Peña Tepito (antecedente de la que sería conocida como Peña Morelos) daría inicio a su labores culturales (con un fuerte contenido ideológico izquierdista) en el juvenil y conservador Grupo Emaús que ensayaba sus coros para las misas de jóvenes en la tradicional vecindad conocida como el Trece de la Plaza de Bartolomé de las Casas, frente al terroso campo de futbol, hoy conocido como Maracaná, que se halla a un costado de la Iglesia de San Francisco de Asis, en el corazón del barrio de Tepito. 
Calle Fray Bartolomé de las Casas, en dirección a la plaza del mismo nombre. Vista desde calle Jesús Carranza. Archivo del Museo de Culturas Populares.

Un despistado Mauricio Castro, vecino de la calle de Costa Rica, llegó al grupo que se reunía en la vivienda del célibe Mario Olivares (qepd) para invitar a los jóvenes, hombres y mujeres, a conformar una peña. Éstos, entre chacota y ensayo, lo escucharon divertidos y sin saber bien a bien de qué se trataba la propuesta, sin ninguna interrogante, la aprobaron y continuaron con su cotorreo, sus flirteos y su ensayo para el domingo, a las ocho de la noche, en la misa juvenil de la iglesia de San Panchito. 


Mauricio venía de conocer la experiencia de otra iglesia del barrio, la que dirigía el sacerdote Federico Loos -promotor de cooperativas, guarderías infantiles, bibliotecas, telesecundarias, preparatorias populares, etcétera, que después de la última misa dominical reunía a sus feligreses para discutir los temas sociales, económicos y políticos, que concernían al barrio y al país-. Este párroco ejercía su  vocación de vanguardia en la cercana iglesia de la Divina Institución, en la calle de Vidal Alcocer. Tal vez por ello, el joven Mauricio pensó que en el Grupo Emaús encontraría un ambiente similar al generado por Federico Loos entre sus feligreses. Pero no fue así, al contrario, Mario Olivares se alarmó, de inmediato creyó husmear la azufrada pestilencia del comunismo exhalada en los primeros eventos realizados por la Peña Tepito y en las canciones que, por iniciativa de los integrantes de la nueva peña, fueron propuestas para que interpretara el coro Emaús, ahora acompañándose con bombo y zampoñas andinas. 


Unos meses después, luego de que el grupo de músicos regresara de un viaje a Campeche al que fueron invitados por estudiantes originarios de ese estado y que pertenecían a la Casa del Estudiante -durante el cual habían interpretado canciones del Victor Jara, Violeta Parra, Qilapayún, Intillimani, en calles y plazas, en auditorios de escuelas rurales, antecediendo agresivos discursos opositores expresados a voz en cuello por sus anfitriones, en contra de la sempiterna dictadura priísta que nos asolaba por aquellos años-, los intérpretes que no pertenecían a la peña, muy asustados narraron sus experiencias a Mario Olivares.


La reacción de Mario fue inmediata, trajo al trece de Bartolomé a personajes conservadores ligados políticamente al Partido Acción Nacional (PAN), para impartir pláticas y adoctrinamiento de contenido tan arcaico que provocaron discretas risillas entre el joven público oyente. 

Por aquel tiempo, dentro del grupo Emaús, una vez conjuntado el reducido grupo de integrantes de la Peña, en la pequeña habitación se recibieron las visitas de personajes como el ameno y profuso Juanito de la Cabada (qepd), el excelente caricaturista Rogelio Naranjo, el joven escritor Guillermo Samperio, el intelectual Carlos Monsiváis... De igual manera, por ahí ya se habían aparecido Armando Ramírez, reconocido por haber escrito su novela Chin Chín el Teporocho y Daniel Manrique, muralista iniciador del Tepito Arte Acá. 

Para mí fue extraordinaria la experiencia de retocar murales en la calles y pintar yo mismo un mural en la fachada de la vivienda de Mario Olivares, bajo la discreta mirada de Daniel Manrique, Bernal y otras artistas del pincel invitadas por los pintores identificados con nuestro barrio.
Archivo del Museo de Culturas Populares


Del Archivo del Museo de Culturas Populares


Del Archivo del Museo de Culturas Populare
Entretanto, una juvenil orquesta de cámara dio un concierto en el patio del Trece de la Plaza de Fray Bartolomé de las Casas y, en la iglesia de San Panchito, se presento un recital del coro de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Orbis Tertius, cuarteto de jazz, y la compañía de teatro de la Universidad Veracruzana (UV) también se presentaron en distintos lugares del barrio. De igual manera, entre otros muchos eventos, en el amplio patio de la vecindad se representó una pastorela y el intérprete del antagónico demonio, Cuauhtémoc García Arteaga, regresó días después de su actuación para integrarse a la Peña; como lo hizo Enrique "Karuki" Hernández y su amigo César, intérpretes de música latinoamericana. Ellos se unieron a Javier Mejía Aguilera, Diego y Sara Cornejo, del grupo Emaús; por medio de la invitación de Mauricio Castro también se habían unido a la inédita aventura cultural, Rodolfo Hernández, Guadalupe Arteaga y Mario Puga, jóvenes vecinos del barrio.


En eso estábamos, cuando, en 1975, durante una de nuestras diarias reuniones nocturnas en el grupo Emaús, sin ser esperado, apareció Gabriel Retes, destacado y joven director de cine mexicano, acompañado de Armando Ramírez. Retes tenía planeado realizar una película basada en la novela Chin Chin el Teporocho y, por ello, buscaba algunas locaciones en vecindades y calles del barrio. Como preámbulo y como ambientación para los actores, en el grupo Emaús (futuros extras de cine), durante las siguientes semanas, presenciamos algunas reuniones y lecturas del guión de la película. La filmación se inició el 29 de septiembre de ese año. Actuaron Carlos Chávez (José Rogelio González Galindo, Chin Chin), Jorge Santoyo (Gilberto), Jorge Balzaretti (Víctor), Abel Woolrich (Rubén Gutiérrez), Tina Romero (Michele), July Furlong (Agnes), Diana Bracho (Sonia), Luis Torner (Pedro), Juán Peláez (Marcos), Tina French (La Güera), Dolores Berinstáin (Doña Chole La Pindonga), Ignacio Retes (Don Víctor), Leonor Llausás (Estela, esposa de don Víctor), Lucila Blazaretti (Manuela), Aarón Hernán (Don Pepe), Guillermo Gil, Federico Romano, Rubén Monterrubio, Enrique Ontiveros, José Luis Avendaño, Cruz Avilés. Esteban Ríos, Eugenio Cobo, Elsa Benn, Ivette Reyna, David Rencoret, Alonso Guzmán, Roberto Ruy, Gonzalo Llora, Manuel Garay, Armando Ramírez. (Datos tomados de:
http://www.geocities.ws/jesus_3/Chinchin.html).


Mientras tanto, por aquellos meses, José López Portillo, candidato del Partido Revolucionario Institucional (PRI) y futuro "presidente de la república" -por obra y gracia del "dedazo" de Luis Echeverría Álvarez, jefe del ejecutivo federal de ese entonces y responsable de la "guerra sucia", asesinatos y desapariciones forzadas en contra de guerrilleros y activistas sociales), sin oposición -el partido Acción Nacional (PAN) no postularía candidato y el Partido Comunista de México (PCM) estaba proscrito por el gobierno-, se daría una vueltecita por el barrio de Tepito para "empaparse" de pueblo antes de lucir su banda presidencial sobre el pecho.



Luego de la aventura cinematográfica vino nuestra separación del grupo Emaús. De repente, Mauricio nos comentó que la peña debía abandonar el 13 de la Plaza de Bartolomé. No dijo porqué (aunque, en mi caso, ya lo suponía, como los otros). Respetamos su silencio. Cuando salimos a la calle, un grupo de chavos maloras de Emaús quisieron agredir a Mauricio; nada más hicieron el intento y, finalmente, sin bronca, los mismos que dimos inicio a la peña, los mismos que nos fuimos. Ninguno de nosotros se quedó en la habitación repleta de murales pintados por Daniel Manrique y compañía. El mural que pinté en la fachada de la vivienda de Mario, pasado el tiempo, fue cubierto por una fea capa de pintura verde.


¿Quién o qué obligó a Mauricio a tomar tal determinación? ¿Habladurías sobre su vida íntima y personal que a nadie debe importar? ¿Presiones por las acusaciones de rojillo que caían sobre él? ¿Amenazas? ¿De quién y de qué tipo? Nunca lo supimos ni nos interesó. Nuestro único objetivo, a partir de ese momento, sin mirar atrás, fue continuar con el proyecto de la peña, ahora denominada Peña Morelos. 

En lo personal, el ambiente de marginación que en ese momento se sentía en el grupo Emaus en contra de la peña, además de apesadumbrado, ya me tenía predispuesto a la pronta salida. Así pues, no me sorprendió el tener que abandonar la tradicional vecindad, como, creo, tampoco lo resintieron los otros "exiliados". Tal vez, sin sustento alguno, intuíamos que vendría algo mejor, como sucedió...

Después de un peregrinar que nos llevó a la Universidad Obrera y al mercado Avelardo L. Rodríguez en donde, entre murales de discípulos de reconocidos muralistas de la postrevolución mexicana, realizamos eventos y montamos dos obras de teatro, una en contra del imperialismo yanqui y otra en base a la letra de La maldición de la Maliche, canción de Gabino Palomares...



Sin embargo, en este lugar permanecimos poco tiempo: como habíamos invitado a dar una conferencia a René Villanueva, opositor declarado de los gobiernos priístas y miembro del grupo de música Los Folkloristas, nos corrieron de ese lugar. Ni modo, como última alternativa, fuimos a parar al nuevo departamento de Mauricio Castro, en el edificio marcado con el número 20 de la calle Labradores. 

¡Y ahí empezó a gestarse lo mejor de la Peña Morelos! Para empezar, nos encontramos con la libertad de planear y hacer lo que mejor nos pareciera sin que nos censuraran y nos pusieran de patitas en la calle. Pronto se unirían al grupo de la peña, las habitantes y el habitante de la vecindad conocida como el Cajón del Muerto: Blanca Montaño, Guadalupe Hernández y su padre Felipe Hernández (quien empezaría a diseñar e imprimir en serigrafía, en la Escuela de Pintura de San Carlos, nuestros primeros carteles ¡sobre papel periódico de desperdicio! También, más adelante, diseñaría la carpeta en serigrafía de la colección El Barrio que contendría siete carteles-cuento, con siete distintos escritores -entre ellos, Juan Villoro, mexicano, Miguel Donoso Pareja, ecuatoriano, Regino Pedrozo, cubano-, ilustrados por 7 artistas, entre ellos Ana Luisa Barreto, Arturo Pastrana, Salvador Carrillo, Antonio Ramírez, León Chávez Texeiro...) Nacho Moran, aspirante a músico y actor, ya rondaba en la peña. Lo mismo que Martín, el Porro...
Enfrente, de izquierda a derecha: Blanca Montaño, Guadalupe Hernández (atrás de ella, Rodolfo  Hernández), Javier Mejía, Cuauhtémoc García Arteaga y Mauricio Castro. Atrás, sosteniendo la manta de la Peña Morelos, de izquierda a derecha, Felipe Hernández y Diego Cornejo.  (Fotografía tomada del archivo personal de Mauricio Castro.)

Desde el principio, tal vez por ser gente de barrio, sin protagonismos ni caudillismos ni pretensiones individualistas, de manera natural, sin calcularlo ni establecerlo en rígidos reglamentos, nos organizamos de manera horizontal. En conjunto proponíamos, planeábamos y organizábamos. Mauricio, que siempre fue el que coordinó al grupo, poseía una agenda extraordinaria, pues contenía nombres, direcciones y números telefónicos de ¡todo mundo! (él se había titulado en Ciencias de la Comunicación en la Universidad Veracruzana y había trabajado y continuaba trabajando, por ese entonces, en algún departamento de cultura de equis secretaría del gobierno federal). En su dichosa agenda lo mismo tenía apuntado el número telefónico de la tiendita de enfrente que el de la maestra Eugenia Revueltas, en Punto de Partida de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM); el de la Orquesta Sinfónica Nacional o el de Amparo Ochoa junto al de Anthar y Margarita y su Peña Tecuicanime; tampoco faltaba el teléfono del grupo La Nopalera o el del Grupo Víctor Jara; o el de Chava Flores y de Oscar Chávez; o el del Sonido Casa Blanca acompañado en el largo listado por el de Tiberio y sus Gatos Negros... así, casi hasta el infinito...


Pero además de contar con Mauricio Castro Morales y su excelente agenda, durante esos años, setentas y ochentas del siglo pasado, también nos encontramos, paso a paso, a la vuelta de cada esquina, con algo invaluable que, para los tiempos que vivimos en estos días, resulta inverosímil: una solidaridad compartida, comunitaria, a toda prueba (inimaginable para el neoliberalismo mezquino, rapaz y depredador de hoy en día). 


Tan importante e indispensable fue, que sin esta solidaridad las puntuales programaciones semanales y de aniversario hubieran sido imposibles de llevar a cabo, sobre todo debido a nuestras grandes carencias económicas, pues no contábamos con un sólo centavo, ni individual ni colectivamente. Nunca recibimos financiamiento, ni clandestino, ni institucional, ni particular, pero sí se nos otorgó muchísima solidaridad. ¡Por ello, por esa solidaridad invaluable, los eventos siempre fueron gratuitos, en plena calle, para todo público!
 
Además, completando todo lo bueno que en la Peña Morelos se conjugó durante esos años, lo que hicimos lo hicimos, lo escribo con orgullo, con una ingenua vocación revolucionaria y con un cristalino deseo de dar una firme lucha cultural en contra del corrupto y abrumador priísmo (representado, en su máxima expresión, por los líderes obreros "charros", Fidel Velázquez, Leonardo "la Güera" Rodríguez Alcaine, y de maestros, Carlos Jongitud Barrios; por los presidentes represores, Gustavo Díaz Ordaz, Luis Echeverría y su heredero José López Portillo) establecido durante tantas décadas en nuestro país. Este anhelo lo compartíamos con casi todos a los que recurrimos: grandes y pequeños, vecinos del barrio y artistas o intelectuales nacionales o extranjeros, que de inmediato se emparejaban a nuestro lado, sin cobrar un sólo centavo.


Lo mismo Julia Marichal nos dio clases de actuación, que el caricaturista Magú nos obsequio una de sus obras para ilustrar un cartel. Incluso, los vecinos anónimos llegaron a facilitarnos un camión de mudanzas (nomás teníamos que conseguir para la gasolina) que nos sería muy útil en el acarreo de un piano de Guillermo Briseño; o nos prestaron un pequeño local, habilitado como ínfimo auditorio, para recibir al entrañable escritor ecuatoriano Miguel Donoso Pareja (mi gran maestro literario al que le he quedado a deber tanto, por su apoyo, enseñanzas y solidaridad) o al poeta uruguayo Saúl Ibargoyen.

Una vez emprendido el camino, vinieron las oportunidades que supimos aprovechar: Difusión Cultural de la UNAM nos otorgó un cartel mensual, a dos tintas (elaborado en la Imprenta Madero, diseñado por el magnífico Efraín Herrera. En algunas ocasiones, la hoja la dividimos en tres impresiones, multiplicando la cantidad de nuestros carteles), para difundir nuestros eventos; asimismo, sin oposición de los vecinos, ocupamos una vivienda abandonada en el Túnel, la vecindad marcada con el número 91 de la calle de Labradores. Precisamente afuera, sobre la banqueta, efectuábamos, todos los sábados, a las 7 de la noche, las peñas(y algunos domingos, a mediodía, se realizaron programas infantiles, pero enfrente, a un costado del 93 de labradores); igualmente, de los restos que quedaban abandonados durante la construcción de la línea cuatro del Metro (que se iba construyéndose a lo largo de Congreso de la Unión y atravesaba Labradores, a unos paso del Túnel; la Estación Morelos del Metro nos quedaría a tres cuadras, hacia el sur), rescatamos armazones de tubos metálicos y tablones que nos sirvieron para habilitar nuestro templete, de 4 por 6 metros aproximadamente.



A ese foro subirían, entre muchísimos otros, el grupo formado en la Peña Morelos (integrado en base al Chiquilín, Ezequiel, Enrique "Karuki", Quetzalcóatl, Sergio Ordoñez "El Huevo"), el Taller de Investigación, Interpretación y Composición de Música Mexicana (TIICOMM), el grupo de teatro Zumbón, Marionetas de la Esquina, Chava Flores, Óscar Chávez, León Chávez Texeiro, Los Nakos, el grupo Salario Mínimo, Los Musiqueros, el grupo de rock Música Contra Cultura (excelentes intérpretes homosexuales, no todos, me comenta Fernando Morán; aunque todos se presentaban con maquillaje femenino sobre el escenario, sin recibir ninguna expresión de rechazo del público), el grupo On'ta de México...


El grupo de Teatro El Galpón, La Camerata Punta del Este, de Uruguay...



Alfredo Zitarosa, también de Uruguay...



El Tahoné y Roy Brown, ambos independentistas de Puerto Rico...



Los Compadres, de Cuba (acompañados por unas botellas del delicioso Ron Habana, cortesía de la embajada de ese país en México)...



Algunos de los grupos, sin objeción, traían su buen equipo de sonido, aunque, para esos tiempos la Peña Morelos ya contaba con el suyo; habíamos dejado de sudar la gota gorda por conseguir cables y micrófonos. Mediante un convenio con Difusión Cultural de la UNAM, El Grupo Víctor Jara (educados músicos de conservatorio entre los que destacaba la voz de la joven Eugenia León) se prestó para hacer algunas presentaciones en varias facultades de la Universidad. El pago recibido (cedido solidariamente por el Grupo Víctor Jara) fue utilizado para comprar una buena consola de sonido, micrófonos y dos grandes bafles. Así, mediante convenios, la Peña Morelos fue adquiriendo lo indispensable: como una pesadísima lona (trabajosamente elevada entre nuevos integrantes de la peña, Sergio Urquieta, el Papirolas, Toño Canica y algunos más que se solidarizaba en esos fatigosos menesteres semanales), cables, enchufes, lámparas, focos, que la habilidad de técnico electricista de Cuauhtémoc, aunada a metálicos botes de chiles, convirtió en 4 o 6 reflectores, con pantallas de color, que iluminaban nuestro foro... 

El armar el foro de la peña, templete, lona, luces, lo realizamos cada sábado, puntualmente, durante años, hasta que nos robaron la consola de sonido...

Con esa pérdida empezó a decaer nuestro ánimo colectivo. Ya no nos reanimaron los buenos o malos recuerdos: el nunca recuperado, en un principio, cuando empezábamos a tomar vuelo, de la aduana del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, completo equipo de sonido tramitado y enviado por un hermano de  Norberto, un nuevo y muy activo compañero de la peña, desde la ciudad de San Francisco, Cal., Estados Unidos de Norteamérica; la indignación porque el Piloto, un mal día, había desaparecido con los dibujos que Rini Templeton (qepd) había realizado con motivos de la Peña y que nos había obsequiado; la lucha que se había hecho en contra de los ejes viales de Hank González ("Un maestro pobre, es un pobre maestro"); el apoyo a los afectados por las explosiones de San Juanico y a las luchas de las guerrillas salvadoreña y nicaragüense; los eventos realizados para apoyar la huelga de los obreros de El Ánfora; los talleres de pintura, música y teatro para niños y jóvenes... 


Colección de carteles con la programación de la Peña Morelos.
(Escaneados por Fernando Morán, del grupo Salario Mínimo Histórico.)

Durante un buen tiempo, sospechamos que el robo lo habían efectuado conocidos nuestros, cercanos, pues quienes la hurtaron se dirigieron directamente al tapanco donde se encontraba encubierta la consola de sonido. Entre nosotros, en confianza, pronunciábamos los nombres de quienes sospechábamos. Pero no teníamos ninguna prueba y recurrir a la "justicia" no nos otorgaba ninguna garantía de recuperar nuestro aparato tan indispensable. Mauricio y Cuauhtémoc se alejaron. Karuki también. La programación se empobreció, ya no más Tania Libertad, recién llegada de Perú, ni danza contemporánea de Barro Rojo o del Ballet Folklórico Magisterial o cine independiente y clásico mexicano (Redes, Vámonos con Pancho Villa), no más Charles Chaplin, no más película prestadas, incluido el proyector, por el Centro Universitario de Estudios Cinematográficos (CUEC) de la UNAM o por SAFRA... ni participación con Óscar Menéndez en documentales como se hizo en Primer Cuadro (1979)...Ya no más música de Un Viejo Amor o funciones con Circo, Maroma y Teatro... o exposiciones de grabado de Fernando Vilchis y Leticia Tarragó... o mesas redondas con Nésto García Canclini, con Alberto Hijar, con Héctor Azar, con Susana Alexander, con Gustavo Sáins... ni lectura de nuestros carteles-cuento con la actriz Aurora Clavel y con Rolando Ícita, locutor de Radio Educación, en la Sala Manuel M. Ponce, del Palacio de  Bellas Artes...
Carpeta y cada una de las páginas de portada de los 7 cuentes
de la colección de cartel cuento El Barrio (1983)
publicados por la Peña Morelos. (Escaneo de Fernando Morán,
del grupo Salario Mínimo Histórico).
En uno de nuestros últimos eventos se presentó Rockdrigo, el Profeta del Nopal, días antes de su muerte acontecida durante el sismo del amanecer del 19 de septiembre de 1985. 

Irónicamente, la Peña Morelos se reanimó por esa catástrofe que arrasó extensas zonas de la Ciudad de México. Después del sismo de ese día y del siguiente, mucha gente acudió a nuestro local a solicitar ayuda y a ofrecerla. Casi de inmediato llegaron materiales de San Juanico y de campesinos de Veracruz, a los que anteriormente habíamos apoyado. En poco tiempo el local de la Peña Morelos empezó a llenarse de víveres, de polines, de ropa, de agua embotellada, de leche, de alimentos para bebés...


Con todo ese acopio, también llegaron las "oportunas" organizaciones sociales y políticas "de izquierda". Los compañeros de la Unión de Inquilinos de la Colonía Morelos (UICM), que sesionaban en el local de la Peña, invitaron a participar en la reconstrucción a miembros de la Unión de Inquilinos de la Colonia Guerrero (UICG), quienes acudieron pertenecían a Acción Cívica Nacional Revolucionaria (ACNR). 

Entretanto, un trailer se estacionó enfrente de la Peña Morelos. Su extensa caja exhibía sus muy visibles logotipos del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT). Estuvo ahí hasta que protestamos. Pero la gente de ese partido, además de dejar los víveres, se enquistó en las asambleas de los demandantes de vivienda. 

Tampoco faltaron los militantes de la Organización Independiente Revolucionaria Línea de Masas (OIR-LM). Con la conjunción de todos ellos, que contaron con la aceptación de algunos miembros de la Peña y de la UICM, se acabó de diluir la Peña Morelos... 

A los que quisimos continuar siendo independientes, como Peña Morelos, se nos arrebató el nombre (en corto, un nefasto personaje del PRT, me amenazo con echarnos encima a los solicitantes de vivienda cuando realizáramos nuestros eventos; presenciaron el suceso, quien encabezaba a la gente de ACNR -posteriormente fue diputado federal- y un apreciado compañero de la Peña Morelos; con su silencio, ambos, se hicieron cómplices del lidercillo) y se conformó la Unión de Inquilinos de la Colonia Morelos-Peña Morelos... 

Así aconteció. Vista la notoria inutilidad del gobierno de Miguel de la Madrid, se agudizaron los golpes bajos para recibir financiamiento de instituciones internacionales (que no quisieron entregar éste a la corrupción gubernamental) la que permitiría iniciar la reconstrucción de las viviendas por medio de las organizaciones pertenecientes al Movimiento Urbano Popular (MUP). Dentro de éste, la UICM-PM se adhirió a la Asamblea de Barrios... 

Se levantaron centenares de viviendas y, pasado el tiempo, se sacó provecho personal y político por parte de muchos de los líderes de "izquierda" que encabezaron la reconstrucción: diputaciones, senadurías, jefes delegacionales, subdelegaciones, puestos públicos en los gobiernos opositores, ¡ganados por la ciudadana en la capital del país!, de Cuauhtémoc Cárdenas y de Andrés Manuel López Obrador; con Marcelo Ebrad no les ha ido tan bien... 

Pero esa es otra historia... que dejo para cuando la nostalgia y cierto sabor amargo me lo permitan.



PD: Por cierto, hoy en día, lo peor del Partido Revolucionario Institucional (PRI): el fraudulento Carlos Salinas de Gortari y el represor de Atenco, pero muy atildado, desde el copete para abajo, Enrique Peña Nieto (después de los putrefactos "desgobiernos" de Vicente Fox y de Felipe Calderón, del Partido Acción Nacional), se preparan para asaltar el poder ¡otra vez! Es una desgracia.

Pero esto no me desanima, porque, lo sé, lo he constatado, lo que parece inverosímil es posible: mañana, cualquier día, la verdadera democracia puede surgir de manera inesperada, insospechada, para bien de todos.



VIVIR EN EL LÍMITE
fotografías.
 
Encuentro con la banda. Plata gelatina, 2000.


Uriel, boxeo de sombra, Plata gelatina. 2000.

Uriel amoroso. Plata gelatina, 2000.


Toño en el arrollo de la calle. Plata gelatina, 2000.

Pedro, va en la enésima caída. Plata gelatina, 2000.

Pedro siempre siente frío. Plata gelatina, 2000.

Marta. Plata gelatina. 2000.

Toño acude por alimento con la madre Dioselina. Plata gelatina, 2000.

Magadalena, su padre la quería prostituir. Plata gelatina, 2000.

Los tres alegres compadres. Plata gelatina, 2000.

La herida de Toño se alivió sola. Plata gelatina, 2000.

Jugando con la mona. Plata gelatina, 2000.

El payasito callejero. Plata gelatina, 2000.

Irma cuando no puede ver a su hija. Plata gelatina, 2000.

Flor de carolina. Plata gelatina, 2000.

Gerardo. Plata gelatina. 2000.

En el desamdre. Plata gelatina, 2000.

El Japones le da la bienvenida al recién llegado. Plata gelatina 2000.

El horizonte de Irma., Plata gelatina, 2000.

Edgard forjando su churro de mota. Plata gelatina, 2000.
Marta juega con la recién llegada. Plata gelatina, 2000.

Chava y su perro Darwin. Plata gelatina, 2000.

Boby presume sus cicatrices después de una pelea. Plata gelatina, 2000.

Dormir en el altar. Plata gelatina, 2000.

Brenda y Boby. Plata gelatina. 2000.

Recuerdo de un amor. Plata gelatina, 2000.

Juan enfermo. Plata gelatina, 2000.

Pareja en la penumbra. Plata gelatina, 2000.

Daniel, el veterano del grupo. Plata gelatina, 2002.

Marisol, casi ciega. Plata gelatina, 2000.

Pedro pretende ocultarse tras la fantasía. Plata gelatina, 2000.

Reunión de amigos. Plata gelatina, 2000.

Súbito enamorado. Plata gelatina, 2002.


DESPUES DE LA PEÑA MORELOS, VIVIR EN EL LÍMITE

Nada ha cambiado, al contrario ha empeorado. Después de quince años de que para mí se terminó la Peña Morelos, entre el años 1999 y 2000, hice esta serie de fotografías, en el cercano barrio de La Merced, documentando la vida cotidiana de los llamados niños de la calle. 

A raíz del inicio del neoliberalismo, iniciado en el gobierno del gris Miguel de la Madrid, las calles de la ciudad, incluso próximas al Palacio Nacional y al Palacio Legislativo de San Lázaro, fueron invadidas por cientos de niños y jóvenes desamparados por éste depredador sistema económico, político y social.

Y aún hoy, en el 2011, después de casi 30 años de "gobiernos neoliberales" (Miguel de la Madrid, Carlos Salinas de Gortari, Ernesto Zedillo, Vicente Fox y Felipe Calderón), abundan aquí y allá, pues llegan de toda la república; se les encuentra vagando, oliendo su "activo", arrinconados en cualquier lugar que la inhóspita ciudad puede brindarles. Hay que reiterarlo, no son delincuentes, son niños y jóvenes que han sufrido violencia familiar y social. Aunque, tal vez hoy, alguno que estuvo a las vivas, por desesperación, llegó a ser narcotraficante, sicario, secuestrador... Esas son las alternativas que, en la actualidad, el sistema neoliberal les ofrece, no sólo a ellos, sino a millones de jóvenes, como alternativa de "trabajo", para salir de la miseria en la que se consumen...